10 de mayo: las otras flores
Cada año, el mes de mayo llega cubierto de anuncios color rosa, promociones para restaurantes, perfumes en descuento y arreglos florales que prometen resumir el amor en un ramo. Las redes sociales se llenan de fotografías familiares, de poemas para mamá, de frases repetidas hasta el cansancio: “gracias por darme la vida”, “las madres lo pueden todo”, “el amor más puro”. En México, el Día de las Madres es casi una institución emocional. Un ritual colectivo donde se celebra la figura materna desde la ternura, el sacrificio y la entrega absoluta.
Pero hay otro país que existe al mismo tiempo.
Uno donde las madres no reciben flores. Donde no esperan desayunos sorpresa ni festivales escolares. Uno donde el calendario no trae celebración, sino una fecha que vuelve a abrir la herida. Mientras muchas familias se reúnen alrededor de una mesa, otras mujeres salen al desierto con una pala en la mano y una fotografía entre los dedos. Caminan bajo el sol buscando huesos, prendas enterradas, fragmentos mínimos que puedan devolverles una respuesta.
En México, también hay madres que festejan el 10 de mayo buscando fosas clandestinas.
Pensé en eso mientras leía Raíz que no desaparece de Alma Delia Murillo. No pude terminar el libro sin sentir un nudo en la garganta. Hay libros que entretienen, otros que acompañan y otros que atraviesan. Este pertenece a los últimos. No utiliza grandes artificios literarios, es porque pone el cuerpo sobre una de las heridas más profundas y dolorosas del país: la desaparición de personas y la lucha de quienes se niegan a dejar que sus hijos sean reducidos a una cifra.

El libro retrata el universo de las madres buscadoras desde un lugar profundamente humano. No son heroínas idealizadas ni símbolos abstractos del dolor. Son mujeres reales: cansadas, furiosas, agotadas, persistentes. Mujeres que aprendieron a leer la tierra porque las instituciones les fallaron. Mujeres que dejaron de esperar sentadas.
Y hay algo profundamente brutal en eso.
Porque en México la maternidad suele representarse desde la imagen de la protección doméstica, la madre que cuida, que cocina, que abraza. Pero las madres buscadoras rompieron esa imagen tradicional. Ellas transformaron el duelo en movimiento. Ya no solo sostienen hogares; ahora recorren brechas, revisan terrenos baldíos, organizan brigadas, aprenden términos forenses, cargan varillas, detectan olores de muerte bajo el suelo.
El país las obligó a convertirse en investigadoras.
Hay algo casi imposible de comprender para quien nunca ha atravesado una desaparición: el duelo suspendido. Cuando alguien muere, incluso dentro del dolor existe una certeza. La ausencia tiene una explicación concreta. Pero las familias de personas desaparecidas viven atrapadas en otra dimensión del sufrimiento. No saben si sus hijos tienen hambre, frío, miedo o si siguen vivos. No saben dónde llorarlos. No tienen un cuerpo al cual despedir.
La desaparición convierte el tiempo en una herida interminable.
Quizá por eso “Raíz que no desaparece” deja una sensación tan incómoda. Porque no permite mirar hacia otro lado. Porque obliga a reconocer que las madres buscadoras existen debido a un vacío institucional gigantesco. En un país donde las autoridades muchas veces abandonan las investigaciones, son ellas quienes terminan haciendo el trabajo que le correspondería al Estado.
Y aun así, el discurso oficial insiste en romantizar a las madres. Las llama “valientes”, “ejemplo de amor”, “mujeres incansables”. Pero pocas veces se habla de la violencia estructural que las llevó hasta ahí. Hay algo perverso en celebrar su fuerza sin cuestionar el horror que las obligó a desarrollarla.
No deberían ser fuertes de esta manera.
Ninguna madre tendría que aprender a distinguir restos humanos en medio del desierto.


Fotos: Silvia Ortiz, madre de Fanny Sánchez Viesca junto a su esposo Oscar.
Mientras avanzaba en la lectura, pensé constantemente en el norte del país. En los paisajes áridos de Coahuila, donde el viento arrastra tierra y silencio. Pensé en cómo el desierto, que tantas veces aparece en la literatura como símbolo de inmensidad o belleza, se ha convertido también en archivo del horror. Debajo de esa tierra hay nombres, historias interrumpidas, vidas arrancadas de golpe.
Y, aun así, las madres siguen caminándolo.
Quizá porque el amor también puede tomar la forma de una búsqueda desesperada. Quizá porque la maternidad no termina con la ausencia. Quizá porque hay vínculos que se niegan a desaparecer incluso cuando todo alrededor insiste en borrarlos.
Eso es lo que más me golpeó del libro de Alma Delia Murillo: entender que las madres buscadoras sostienen la memoria de este país. Frente a una sociedad que muchas veces normaliza la violencia o se acostumbra a las cifras, ellas siguen pronunciando los nombres. Siguen pegando fichas de búsqueda en postes, siguen marchando, siguen excavando la tierra con la esperanza terrible de encontrar algo.
Aunque ese “algo” sea un hueso.
México ha aprendido a convivir peligrosamente con el horror. Las noticias sobre desapariciones aparecen todos los días y, aun así, la vida continúa. Vamos al trabajo, hacemos filas en el supermercado, publicamos fotografías felices en redes sociales. El problema no es solo la violencia; también es la costumbre. La forma en que el dolor ajeno se vuelve paisaje.
Por eso libros como “Raíz que no desaparece” son necesarios. Porque rompen la indiferencia. Porque obligan a detenerse. Porque nos recuerdan que detrás de cada ficha de búsqueda existe una familia entera viviendo en ruinas emocionales.
Y quizá también porque muestran algo que incomoda profundamente: las madres buscadoras no esperan salvadores. Aprendieron a organizarse entre ellas. Se acompañan, se enseñan, se sostienen. En medio de la devastación construyeron comunidad. Una comunidad nacida del dolor, sí, pero también de la resistencia.
Este 10 de mayo habrá flores en muchas mesas. Habrá serenatas, fotografías antiguas y mensajes amorosos. Pero también habrá madres caminando bajo el sol, removiendo tierra con las manos, esperando encontrar una señal mínima de quienes les fueron arrebatados.
Pensar en ellas cambia por completo el sentido de esta fecha.
Tal vez el Día de las Madres en México también debería ser un día para mirar de frente esa ausencia colectiva que el país ha intentado esconder bajo discursos vacíos. Tal vez deberíamos preguntarnos qué significa realmente celebrar la maternidad en un territorio donde miles de mujeres buscan a sus hijos desaparecidos.
Porque hay madres que no quieren regalos.
Solo quieren volver a abrazar a sus hijos.
Este texto está dedicado a Silvia Ortiz, madre de Fanny Sánchez Viesca y quien es coordinadora del grupo V. I. D. A, y a todas las mujeres que han convertido el dolor en búsqueda, la ausencia en memoria y el amor en una forma de resistencia.










