Persistencia del anhelo

Recuerdo que hace poco más de 20 años, cuando me fui a la Ciudad de México, la danza contemporánea estaba –por decirlo de alguna manera– de moda. Había una sensación de que el público que empezaba a acercarse a esta expresión, poseía una cierta actitud transgresora y contracultural, es decir, lo que hoy algunos artistas, periodistas y promotores llaman disruptivo: aquello que intenta romper con esquemas, estereotipos, normas y patrones. 

Mi esposo me dice que todo ese paquete es parte del discurso que la mercadotecnia te vende en la actualidad como deconstrucción. De hecho, me cuenta que en sus épocas ravers también se generaba una conexión entre las tribus urbanas que acudían a bailar música electrónica hasta el amanecer y el entorno de la danza contemporánea: las compañías, los festivales, los maestros, los alumnos y los medios de comunicación estaban inmersos en esa dialéctica.

A finales del año pasado tuve la oportunidad de asistir a Reencuentros, una función presentada por Mezquite en el Teatro Nazas. Creo que nunca había visto un espectáculo de esta naturaleza en Torreón. Más allá del hecho escénico que me sorprendió gratamente, lo primero que se me viene a la cabeza es la manera en que mi comportamiento se fue modificando en los años recientes. No sé si eran prejuicios, desconocimiento o simple ausencia de vínculos con un mundo que, por extraño que parezca, me es sumamente ajeno y distante.

Sin embargo, en honor a la verdad debo afirmar que yo misma he empezado a derrumbar de forma paulatina algunos paradigmas preestablecidos, pero más en función de una búsqueda de crecimiento personal, indagando en mi interior y siempre en constante aprendizaje. Las personas más cercanas a mi círculo íntimo saben de antemano que me cuesta trabajo socializar e interactuar con ciertos ámbitos cargados de posturas de intelectualidad.

Aún así, ese miércoles a la noche llegamos temprano al teatro. Al inicio pensamos que se había cancelado pues la puerta principal estaba cerrada. No sabíamos que la entrada era por la parte de atrás del recinto y que la presentación sería en modalidad de foro en escena, o sea, a unos pasos de los protagonistas, con una proximidad casi invasiva del escenario y con la ventaja de ser testigos de sus gestos, flexibilidad y corporalidad. 

Tal vez, sin saberlo, lo que más me conecta con la danza es la relación con el cuerpo y el movimiento, pero al final me atrapa el juego de luces, la música, el diseño de vestuario y el manejo del espacio. Al margen de mi mirada de diseñadora de moda de la que es imposible desprenderme, estoy disfrutando de las coreografías y simultáneamente pensando en algún proyecto de creación personal en el que pueda utilizar parte de este lenguaje dancístico, plástico y narrativo. 

Desde niña siento que tengo una percepción no lineal de la realidad. En ese sentido, me dejo envolver por la capacidad técnica, interpretativa y sensible de los bailarines que nos invitan a viajar desde un plano físico y emocional a otros más etéreos, psicológicos y conceptuales en donde parecen mezclarse la locura, la ansiedad y la soledad, pero también el anhelo, la esperanza y la solidaridad. 

Algunas cosas que observo me gustan más que otras. Me doy cuenta que estoy emocionada pero no dejo de estar atenta a la ropa, el movimiento de las texturas, el vuelo de los vestidos de terciopelo de las hechiceras, mientras de fondo se escuchan las notas minimalistas de Philip Glass, después otras más barrocas –probablemente sea Händel– y también violines con guiños celtas. 

Por puro hedonismo, me identifico con la actuación de la femme fatale que emerge como una suerte de Dita von Teese y el cliché de la mesa con dos copas, la botella de vino tinto, una canción que suena un poco a Édith Piaf y un enorme lienzo rojo para completar el cuadro.

En los últimos tiempos pienso que la vida es ese montaje escénico que vamos nutriendo con nuestra geografía emocional y que conforme pasan los años, la aderezamos con lo que fuimos y luego con ese individuo en que nos convertimos, transformamos y reinventamos todos los días o incluso, a cada instante. Creo que, como el título que da nombre a este ejercicio creativo, el arte nos da la posibilidad de reencontrarnos con nosotros mismos desde la experiencia y la serenidad.