Sense and Sensibility (2026)

Como ya lo he dicho antes, adaptar una obra de otro medio al cine es difícil, por diversas causas que varían de caso en caso. Esto se complica todavía más cuando tu adaptación tiene una versión cinematográfica previa que fue aplaudida por todos y que, en la mayoría de los casos, se considera la definitiva.

Este es el caso de la primera novela publicada de Jane Austen, Sense and Sensibility, que encontró en Ang Lee, en la dirección, y Emma Thompson, en la doble función de actriz principal y guionista, a la dupla perfecta para crear una película que es amada por casi todo el mundo.

La cinta en cuestión terminó consiguiendo siete nominaciones al Óscar, de las que ganó la correspondiente a Mejor Guion Adaptado para Thompson; el Oso de Oro, premio principal del Festival Internacional de Cine de Berlín; se hizo con tres BAFTA de sus once nominaciones, incluyendo el de Mejor Película; fue nombrada Mejor Película de Drama en los Golden Globes de ese año, junto con el triunfo para Thompson por su guion; el SAG como Actriz de Reparto para Kate Winslet, y un largo etcétera que se llevaría una página completa si tratara de enumerar todos los premios que cosechó.

Por lo anterior, cuando se anunció que se realizaría otra versión del mismo texto, dirigida por Georgia Oakley, las dudas sobre el proyecto fueron muchas, tachándolo de innecesario y enterrándolo mucho antes de su estreno. Esto hizo recordar el caso de la versión de Little Women (2019), de Greta Gerwig, que se enfrentó a las mismas reacciones para terminar callando bocas una vez estrenada. ¿El resultado es igual en esta ocasión? No del todo, pero antes de continuar, para los que no saben, ¿de qué va la trama?

A finales del siglo XVIII, las dos hermanas mayores Dashwood, Elinor (Daisy Edgar-Jones) y Marianne (Esme Creed-Miles), de personalidades contrastantes, después de haber perdido su estatus económico debido a la muerte de su padre, tienen que recuperarse de esta situación, encontrando su lugar en el mundo y a sí mismas, mientras se ven inmersas en problemas amorosos de diferente índole y se enfrentan a las costumbres de su época que les dificultan el camino. Sabemos que la trama es mucho más profunda que esto, pero a grandes rasgos es el núcleo de la historia.

La película es en su mayoría fiel al material original, por lo que los puristas no deberían tener problemas con esto; pero, como suele suceder, la directora y su guionista, Diana Reid, tomaron algunas libertades, modificando situaciones mínimas para hacer suya la historia. En esta versión se ha priorizado la relación entre las hermanas, dotándola de un mayor peso que la que mantienen con otros personajes, lo que creo que se vuelve uno de sus mayores puntos a favor, logrando evitar, por lo menos en este sentido, las comparaciones.

Otra cuestión en la que se luce es en los apartados técnicos, algo que en las cintas «de época» resulta fundamental para dar fidelidad a lo que vemos en pantalla. Con un tono mucho más parco y austero que en la versión de Lee, aquí se ha optado por una paleta de colores más grisácea, menos llamativa, pero no por eso menos lograda.

Vale la pena destacar el elaborado y minucioso trabajo de la vestuarista Grace Snell, quien en este proyecto encuentra su primer trabajo de este calibre, saliendo airosa tanto al proyectar las personalidades de cada personaje como al hacer que cada uno de los atuendos luzca hermoso, pero, sobre todo, realista. El diseño de producción y de arte es otro de los puntos más destacados, recreando espacios que van desde los estratos más altos de la sociedad, como lo es Norland, hasta la precaria y modesta Barton, en la que viven las protagonistas. Dos aspectos cuidados al extremo, si bien de una manera más clásica que puede no destacar precisamente por la naturalidad con la que son recreados, pero esto siempre es algo positivo.

Para enmarcar la belleza de los puntos anteriores, la fotografía de Arnaud Potier se vuelve vital, desde los encuadres más íntimos hasta los más abiertos, donde se despliega la suntuosidad de los grandes bailes y salones en los que estos se realizan. Su cámara se vuelve el observador omnipresente que siempre está ahí para mostrarnos el encuadre más bello posible, con sus luces y sombras, filtros y tonos, todo en favor de embellecer aún más la producción.

Por último, la banda sonora, escrita por Roger Goula, acompaña cada escena sin robar protagonismo, pero dotando a cada una de la profundidad necesaria para que cada palabra, gesto o mirada acentúe su poder. Tal vez es demasiado clásica o pueda sentirse demasiado común, pero sigue siendo una de las más bellas que se han escrito para el cine de este año.

Y, dejando de lado que la película cumple de sobra en su belleza visual, queda hablar del principal aspecto en el que destaca: sus dos protagonistas. Si bien todo el reparto está en su punto, con ejemplos como el de Fiona Shaw (quien siempre es garantía) como Mrs. Jennings, logrando provocar risas con sus atinados diálogos y gran interpretación, este es un producto donde son las dos hermanas las que llevan el barco a buen puerto.

Daisy Edgar-Jones nos da aquí la que es, hasta el momento, su mejor interpretación desde Normal People (2020), como la contenida Elinor, quien prioriza la moral y representa la sensatez del título. Su trabajo puede resultar no tan llamativo porque su personaje trata en todo momento de esconder lo que siente, pero una vez que le es imposible seguir ocultándolo, nos regala grandes escenas donde el sentimiento aflora y se desborda. En el extremo contrario, la Marianne de Esme Creed-Miles es un volcán constante de emociones, expresándolas e interpretándolas hasta el punto ideal en el que nos hace sentir lo mismo que ella: su alegría, el amor que profesa por el objeto de su afecto, la decepción y el dolor, así como su reconstrucción final. Más allá de sus trabajos individuales, es en las escenas que comparten donde terminan de demostrar su talento, desarrollando una química que permite que la relación entre las hermanas se vuelva el verdadero corazón de la película. Puede que ambas sean las que más han sido puestas bajo la lupa, pues ocupar un lugar que en su momento tuvieron Emma Thompson y Kate Winslet no es cosa fácil, pero tenemos que aceptar que las actrices brindan grandes interpretaciones.

Esta versión de Sense and Sensibility no ha sido un fracaso, pero tampoco un éxito. Uno de esos productos que se estrenan, algunas personas ven y que, con el pasar de los años, serán olvidados con mucha seguridad. Pero esto no será porque sea una mala película, sino por el hecho de que el tiempo ha demostrado que otra versión ha podido salir airosa y ha envejecido de maravilla. Las comparaciones matan.

Debemos dar crédito extra a todos los involucrados en el proyecto, ya que muchos eran primerizos en el género, algunos con muy pocos trabajos a sus espaldas, pero todos demostrando que dieron lo mejor de sí para lograr una adaptación fiel y digna de una historia que debía ser presentada a las nuevas generaciones (a pesar de algunas críticas que tachan de antifeminista al texto original). Ha resultado evidente que no logró conectar con el público de esta generación, los números no mienten. Tal vez si hubiera sido más vistosa, si tuviera más gracia, más magia… pero esa es la versión pasada, esta es lo que es y para nada es un producto menor. Veremos qué pasa en la temporada de premios, si el estudio apuesta por ella, porque en décadas anteriores sería una de esas películas que logra menciones, tiene el perfil y las merecería. Una película hecha con un guion repleto de sensatez y muchísimo sentimiento.

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