The Death of Robin Hood (2026)

Michael Sarnoski es conocido principalmente por su segunda película, el spin-off A Quiet Place: Day One (2024), misma que recibió buenas críticas y logró un desempeño decente en la taquilla mundial. Sin embargo, fue su primer largometraje, Pig (2021), el que lo llenó de elogios y lo posicionó como uno de los directores a seguir de cerca.

Un blockbuster de estudio y un drama independiente profundamente personal. La comparación entre sus dos trabajos previos viene al caso por el próximo estreno en salas mexicanas —programado para el 6 de agosto— de The Death of Robin Hood, una película que parece situarse justo a medio camino entre ambas propuestas.

Proyectada por primera vez en el Festival de Cine de Sídney y distribuida internacionalmente por A24, la cinta nos cuenta, como su título lo indica, los últimos días de vida del famoso Robin Hood. Sin embargo, quienes esperen una historia de aventuras o romance al estilo Robin Hood: Prince of Thieves (1991) y demás versiones a las que Hollywood nos tiene acostumbrados, deben tener claro que aquí encontrarán un tratamiento completamente distinto.

Basada de forma muy libre en la balada homónima, número 120 de la recopilación realizada por Francis James Child, la historia toma como punto de partida el episodio en el que Robin Hood decide someterse a una sangría y acude con su prima, una priora, para que la practique. Ella termina traicionándolo al desangrarlo en exceso, provocando, según algunas versiones, su muerte. Otras narraciones señalan que es el amante de la mujer quien lo asesina mientras permanece debilitado, motivado por una herencia, aunque el engaño de la priora permanece en todas ellas. Este episodio, aunque romantizado, serviría posteriormente como inspiración para el desenlace de Robin and Marian (1976).

Para su versión, Sarnoski toma apenas algunos elementos de esta balada para narrar la historia de un hombre tan egoísta como sanguinario. Un fugitivo perseguido por las autoridades debido a los brutales crímenes que ha cometido para beneficio propio, jamás en favor de los necesitados, y que incluso ha inventado las leyendas heroicas que se cuentan sobre él con el propósito de ocultar las atrocidades de su pasado.

Este Robin (Hugh Jackman) es uno avejentado, consumido por la culpa y obsesionado con encontrar la muerte como única forma de expiación, razón por la que pone constantemente su vida en riesgo. Durante uno de esos intentos, al tratar de salvar a su único amigo, Little John (Bill Skarsgård), resulta gravemente herido. Será entonces cuando este busque la ayuda de la priora Brigid (Jodie Comer), quien vive aislada en una isla, cuidando a un grupo de niños, para que cuide  a su amigo hasta que se recupere.

A partir de ese momento, el protagonista inicia un viaje de redención mientras entabla amistad con un leproso (Murray Bartlett) y, sobre todo, tras la llegada de dos niños a la isla: el misterioso Arthur (Noah Jupe) y Margaret (Faith Delaney), hija de Little John.

En esta reinvención íntima y visceral del personaje, Sarnoski intenta alejarse lo más posible de todo aquello que tradicionalmente asociamos con Robin Hood. Lo que inicialmente funciona como una propuesta interesante termina convirtiéndose en el principal lastre de la película. Aunque por momentos regala imágenes de enorme belleza, impulsadas por la hermosa fotografía de Pat Scola —quien trabaja por primera vez con película Kodak Verita—, el guion se distancia tanto del mito que termina por vaciar de identidad a su protagonista.

Aquí no existe una Marian que humanice al personaje ni un Sheriff de Nottingham que contraste su crueldad. En consecuencia, observamos durante casi todo el metraje a un hombre despreciable que se consume en la melancolía. Aunque el tercer acto intenta hacerlo más humano, nunca resulta suficiente para generar empatía. El personaje parece construirse como una mezcla entre el Nicolas Cage de Pig y el Logan interpretado por Jackman en Logan (2017), pero nunca transmite la sensación de estar viendo al legendario ladrón de Sherwood. Salvo por la presencia de Little John, prácticamente nada conecta esta historia con el personaje que pretende reinterpretar.

A pesar de ello, y de la enorme cantidad de violencia gratuita que se muestra —alguna de ella innecesaria—, además de un ritmo que tropieza entre simbolismos inconexos, existen elementos rescatables. Las interpretaciones de Hugh Jackman y, especialmente, la de Jodie Comer sostienen una historia que constantemente amenaza con hundirse. Él transmite con enorme contención la rabia, el arrepentimiento y una culpa que ya no puede seguir ocultando. Ella, por su parte, logra dotar de múltiples matices a un personaje que sobre el papel parecía mucho menos interesante. Junto a ellos, Noah Jupe y Faith Delaney aportan un aire fresco durante el tramo final y evitan que el resultado termine de naufragar.

Otro de los grandes aciertos es la atmósfera construida por Sarnoski. Su densidad puede sentirse en cada encuadre, aunque por momentos llegue a resultar excesiva. Gran parte de ello se debe al excelente trabajo técnico realizado por los departamentos de música (Jim Ghedi), vestuario (Lorna Ó Ríordáin), diseño de producción (David Lee) y maquillaje. Sin embargo, ni ese impecable apartado visual consigue compensar un guion escrito por el propio Sarnoski y un montaje de Andrew Mondshein que hacen que sus poco más de dos horas parezcan una eternidad.

Después de dos películas ampliamente celebradas, las expectativas depositadas en este tercer largometraje terminaron jugando en su contra. The Death of Robin Hood no es una mala película, pero sí una que por momentos roza la mediocridad debido a un guion errático que parece perder constantemente el rumbo y termina contando una historia cuya existencia difícilmente se justificaría. Visualmente impecable, respaldada por buenas actuaciones y un primer acto realmente poderoso, la película acaba sucumbiendo ante un ritmo excesivamente lento e introspectivo y un relato que pierde atractivo conforme avanza. Esta versión de Robin Hood difícilmente pasará a la historia como una de las más memorables, aunque, irónicamente, ni la propia película parezca interesada en lograrlo.

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