En el camino (2025)

En agosto del año pasado, durante el Festival Internacional de Cine de Venecia, al entregar los galardones de la sección Orizzonti (destinada por lo general a trabajos de directores emergentes y de corte independiente), el máximo premio fue otorgado a la película de la que hoy hablo, En el camino, cuarto largometraje del director David Pablos; en el mismo certamen, se hizo acreedora del Queer Lion, presea destinada al cine de temática LGBT+.

A pesar de que este tipo de festivales son utilizados como plataformas de exhibición y venta para las cintas que buscan un hueco en la temporada de premios, es sabido que solo las más grandes, con nombres célebres relacionados con los proyectos, son las que consiguen distribución y una fecha cercana en el calendario de estrenos, ya sea en su país o a escala internacional.

Por tal motivo es que una cinta tan pequeña, con actores desconocidos y realizada con un presupuesto ínfimo, la cual toca temas que el público general puede rechazar, tenía todo en contra para llegar a estrenarse en salas, hasta que I Wonder Pictures adquirió sus derechos para distribuirla dentro de Italia y otros territorios europeos, llamando la atención de otras compañías que negociaron sus derechos, llegando hasta nuestro país, donde, en un caso atípico para verano y para el tipo de película de la que se trata, Cinépolis Distribución le dio fecha para este fin de semana pasado en un considerable número de salas.

David Pablos no es ajeno a las historias queer, ya que su cinta anterior, El baile de los 41 (2020), retrata un episodio muy conocido en la historia LGBT+ de México. Pues bien, en esta ocasión el director no pudo escoger una trama y unos escenarios más opuestos a su trabajo previo, ya que ha pasado de la asfixiante sociedad costumbrista de principios del siglo XX, desbordante de lujo y belleza estética, a las áridas, solitarias y peligrosas carreteras del norte de nuestro país, un escenario por demás extraño para esta historia de, si podemos llamarlo de esta manera, amor.

Es en uno de estos caminos donde conocemos a los dos personajes centrales: Veneno (Víctor Prieto), un joven homosexual que sabemos se encuentra huyendo de algo que no nos es revelado al principio, uno que vende su cuerpo a cambio de ser alejado lo más posible de su natal Ciudad Juárez. Saltando de parador en parador, de trailero en trailero, termina siendo abandonado en uno de estos oasis de carretera que brindan sustento a los operadores que circulan por nuestro país. Es en ese lugar donde conoce a Muñeco (Osvaldo Sánchez), un chofer que se supone heterosexual, con cierto atractivo físico, que ha hecho una parada para desayunar y que representa la esperanza de Veneno para poder retomar su escape. Aunque con renuencia inicial, Muñeco acepta llevar al joven en su tráiler a cambio de droga que este le ha ofrecido, iniciando con ello una extraña e improbable relación de camaradería entre ambos, que poco a poco irá volviéndose más profunda, a la par de acercarlos a un peligro que viene persiguiendo al joven, uno que no piensa descansar hasta lograr dar con él.

En el camino es una película cruda, porque no hay otra forma de retratar ese mundo. Con una secuencia inicial en la que vemos cómo bañan en gasolina al protagonista, para escuchar fuera de cámara cómo se enciende un cerillo, la película salta sin avisar a una secuencia de sexo relativamente explícita entre Veneno y un hombre mayor en la cabina de un tráiler. Esto sirve para que el público sepa lo que está por ver: un cine más cercano a la crudeza con que se retrataban las clases marginadas en el cine de Arturo Ripstein o Jorge Fons, que a las frescas y estilizadas producciones nacionales que inundan nuestras salas y servicios de streaming. Aquí todo se siente, se puede oler, se respira y, sobre todo, duele.

Pablos ha apostado por la naturalidad, algo que se nota desde la atinada selección de sus actores protagonistas, principal punto a favor de la película. Prieto y Sánchez encarnan a sus personajes de una manera que pareciera que no están actuando. Ambos funcionan como una dupla perfecta, una que basa su poder en silencios, miradas, gesticulaciones y un trabajo corporal que muta y avanza conforme lo hace la trama. Poco a poco se van acercando, relajando y derribando las barreras que cada uno ha construido a su alrededor para defenderse de un mundo hostil y peligroso. Ambos actores sacan el máximo provecho de estos personajes, como si tuvieran años actuando, a pesar de que sus carreras son cortas, sobre todo en el caso de Prieto, para quien este es su primer trabajo.

Y dentro de esta misma naturalidad es que En el camino no es solo una historia de amor, sino una radiografía de México como tal, algo que se nota en la escritura que el mismo Pablos desarrolló. Como alguien que lleva casi quince años trabajando directamente en transporte, lo visto en pantalla no pudo parecerme más realista, haciendo notar que el director se empapó en el tema antes de iniciar su escritura, honrando a los trabajadores de la carretera, pero haciendo evidente lo terrible de su realidad y humanizándolos.

La historia plasma ese mundo hipermachista, claro, pero también nos hace testigos de las vulnerabilidades de estos personajes, mientras hace evidentes los peligros que aquejan a los traileros, ya sea por el acoso de las mismas autoridades o del crimen organizado, utilizando la jerga común que se habla entre ellos. Los escuchamos relatar todo tipo de historias, desde las muertes de diversos tipos de algunos de sus compañeros de oficio, hasta los encuentros fortuitos que se dan en los paraderos o las cachimbas, esos submundos en los que los operadores encuentran consuelo ya sea en la forma de prostitutas que les hacen olvidar su soledad por algunos instantes, en el consumo reiterado de drogas que compran en esos puntos para olvidar su realidad o soportar las largas jornadas de trabajo, o simplemente para comer, asearse o descansar.

Todo está retratado de la manera más neutral posible, calcando la realidad, porque aquí no se juzga, solo se muestra. Todo ello es fotografiado con muy buen pulso por Ximena Amann, como si se tratara de un documental; uno donde igual se puede sentir la tierra de los desérticos parajes en la boca, que percibir el vibrante neón en los flashbacks donde Veneno recuerda tiempos mejores, anteriores al error del que no puede escapar, sin que eso desentone con el resto de la cinta.

Directa, cruda, un poco explícita y dura de ver por momentos, sobre todo en su último acto, En el camino puede que no sea una historia para todos los gustos, ya sea por temática o ejecución. Tiene algunas cuestiones que pudieron mejorarse en su escritura, sobre todo en lo referente a ciertas resoluciones de conflicto o elementos que caen en lugares comunes; pero su valor como testimonio de un oficio y una realidad de nuestro país va mucho más allá de una historia de amor homosexual, que lo es, pero una que escarba mucho más profundo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *