Los riesgos del ocio

¡Claro que voy a hablar de Barbie! 

Yo no tuve una como tal. Tenía una muñeca llamada Bárbara, parecida pero menos puntiaguda, menos delgada. No sé si porque en esa época no se conseguía la Barbie en el sur del país, que lo creo muy posible, porque las primeras originales que entraron a la casa fueron para mis hermanas de parte de sus padrinos. Lo que sí era mío y disfruté muchísimo fue la casita y la cocina con sus mini trastecitos. Mis hermanas tenían la alberca, el coche, un equipo de campamento, pelucas, un salón de belleza, y ropa. 

Antes de todo eso, tuve un vestido de novia para mi Bárbara. No recuerdo si me lo regaló una amiga o lo hizo mi mamá, pero era hermoso, lleno de piedras, encajes y lentejuela. Por supuesto que hubo boda y fiesta de boda. Mis amigas y yo comimos pastel y demás, aunque no sé con quién la casamos.

Con el tiempo alguien tuvo un Ken, y también hubo uno o dos hombres de acción, de esos barbones, con traje de soldado o de explorador. Tal vez por ser ya bastante mayor, yo prefería a estos últimos como parejas de mi “Barbie”.

Fueron tiempos de diversión. La reflexión en torno a la Barbie vino después, y no ha podido empañar la facilidad con la que jugábamos a tener una casa, a disfrutar la cocina, el paseo en coche por tantas ciudades, tantos países, la tarde en la alberca, los inacabables momentos de imaginación con las pegatinas, las pelucas de colores, la ropa brillosa y los montones de zapatos disponibles. 

Puedo decir que efectivamente, la muñeca representaba un mundo mejor que el de andar cargando un bebé. Representaba una libertad total de vestir, de actuar, el placer de un cuerpo que se transformaba, de irresponsabilidad doméstica y materna, un escape de ese futuro que todavía se nos hacía creer que era el que teníamos. 

Es posible que después hubiera una preocupación traumática en torno a la idea de cómo las rubias delgadas se divierten más, tienen más cosas, posibilidades laborales infinitas, pero… la verdad, no. Más bien pienso en las horas de juego en un entorno rosa, seguro, femenino, donde ni el Ken puede entrar ya que, efectivamente, funciona como un accesorio más. Accesorios de una muñeca que nació en un mundo donde nadie la puede atacar, donde lo femenino (aunque muchas digan que es un cliché en tonos pastel) le pertenece y nadie le dice que hacer, no hay una figura masculina que decida por ella, ni que opine sobre lo que ella hace. Puede andar sin ropa interior, con vestido, ninguno va a abusar de ella. O puede tener la más bonita lencería que nadie va a pensar que se la puso para alguien. Un mundo donde la imaginación tiene la última palabra y donde aprendimos que realmente podemos ser todo lo que queramos ser, vestirnos como se nos ocurra, traer los zapatos que nos gustan y apostar por la profesión que soñamos de niñas, aunque todos digan que morirás de hambre.

No existe una Barbie que represente mi mastectomía en un mundo lleno de diversidad de muñecas, pero sigue siendo un objeto de deseo cada vez que veo esas linduras vestidas con exclusivos trajes de diseñador o pieles o con trajes de época y sus diminutas joyas.

La casita, al igual que las muñecas, los muebles y accesorios fueron destruidos poco a poco por mi hija, demasiado manipulada por su padre para comprender el universo Barbie. Me queda el recuerdo, el gusto por los colores brillantes, y las ganas de seguir disfrutando un mundo femenino lejos, muy lejos de la influencia masculina.