Digger (2026)
Hay ocasiones en que envidio mucho a esas personas que, apenas ponen un pie fuera de la sala, ya tienen estructurada su opinión sobre la película que acaban de ver, la han comprendido al instante y pueden emitir un juicio tajante y sustentado sin problemas.
Yo, por el contrario, necesito procesarla durante varios días, dejando de lado el gusto personal, tratando de entender el mensaje que nos da (aunque algunos son mucho más sencillos que otros) o intentando analizar de forma objetiva el producto en su totalidad. En algunos casos, esto me lleva más tiempo, como ha sucedido con la película de la que hoy hablo, Digger, del director mexicano Alejandro González (me rehúso a utilizar la G para sustituir su apellido) Iñárritu.
No es un secreto que no soy fanático del director, tampoco lo soy de Tom Cruise. Acepto que el primero tiene cierta cantidad de talento y que el segundo desborda carisma, pero nunca he podido empatizar con sus trabajos. Por esto pensaba que la película en cuestión sería odiada por un servidor que llegó con antorchas y tridentes a la sala, para llevarme la sorpresa de que no la odié. Posiblemente tampoco entre en mi lista de favoritas del año, pero para nada creo que se trate de la basura que muchos han dicho que es.
En esta ocasión, para poder hablar de la película, tendré que dar spoilers, ya que no hay otra manera en la que pueda escribir todo lo que pienso sobre ella. Así que, dicho esto, empiezo con la trama.
La historia nos cuenta la vida de un excéntrico billonario, el hombre más rico del mundo, Digger Rockwell (Tom Cruise), quien ha hecho su fortuna gracias a contratos gubernamentales obtenidos por su amistad con el presidente de los Estados Unidos, Compson (John Goodman), que le permiten extraer petróleo en varios países. Un día, después de ignorar aparentes advertencias previas sobre un problema en Groenlandia, acontece una catástrofe: una gran porción de hielo se desprende del territorio y toma dirección a Europa, causando un tsunami que provoca enormes pérdidas humanas y económicas.
Esto, que podría ser una simple historia sobre la avaricia desmedida del capitalismo de ese 1% de la población y la incompetencia de nuestros gobernantes, pronto da un giro completo cuando descubrimos que lo que vimos durante la primera media hora no es más que una puesta en escena, una obra de teatro de nombre Fossil Fools, que será reestrenada por el 25.º aniversario de su primera presentación. Esta obra cuenta los sucesos verídicos que acontecieron décadas atrás, transformando al personaje central en uno de los seres más odiados del planeta debido al caos provocado por una serie de decisiones erradas que causaron miles de muertes. Entonces descubrimos que el actor que interpreta a Digger tiene por nombre Curtis Markson, un intérprete de renombre que está pasando por un momento difícil, ya que su hija viajaba en un avión proveniente de Jamaica con el que se ha perdido contacto después de que se encontrara con un huracán durante su trayecto.
Debido a esta división de tramas, la película juega en dos territorios. El primero es la farsa: la manera en que el arte es utilizado para criticar o burlarse de ciertas personas o sucesos, de la misma manera que puede funcionar como un catalizador sanador. El segundo es la burla a la farsa misma, a cómo los artistas piensan que por hacer este tipo de productos pueden llegar a arreglar las cosas o nivelar el daño causado, sin lograrlo en realidad. Ejemplo de esto es que la obra dentro de la película sea producida por Kenny Rockwell (Jesse Plemons), sobrino de Digger, quien, a pesar de la debacle de su familia, continúa siendo un empresario millonario con la capacidad de encontrar a la hija del protagonista. Tal cual sucede con muchas familias de millonarios que pueden realizar actos horrendos y terminar saliendo airosas del escándalo.
Y aquí es donde, a mi gusto, comienzan los problemas con la película, ya que estas dos líneas no se encuentran al mismo nivel, tratan de abarcar demasiado y terminan sin definir su mensaje, ya sea porque se quiso dejar las cosas así o porque faltaron minutos para desarrollarlas, pues esta es una cinta extrañamente corta para sus ambiciones, al apenas superar las dos horas de duración. Pero si hay algo que creo que es el verdadero lastre de esta producción es, por un lado, un ritmo que tambalea por momentos y la vuelve cansada y, por el otro, que no resulta tan divertida y graciosa como podría esperarse. El que esté escrita como si hubiera tomado referencias de otros directores y sus trabajos legendarios (Kubrick, Cassavetes, Anderson, etc.) tampoco le ayuda, tal vez por las cuatro manos que escribieron el guion.
Si la analizamos como dos productos diferentes, la parte de la obra, donde Cruise es Digger, creo que es la mejor lograda, no porque sea sublime, sino porque por lo menos parece haber tenido un mejor manejo, a pesar de desaprovechar a varios de sus actores, sobre todo a Sandra Hüller, que aparece tan pocos minutos que su presencia parece más un cameo para inflar el valor artístico de la producción.
En esta parte es donde Cruise se luce más, donde lleva a su personaje a niveles que no le conocíamos (aunque no por eso es su mejor actuación, esa creo que sigue siendo la realizada en Magnolia), sosteniendo la sátira sobre sus hombros. Tanto él como John Goodman y Riz Ahmed entregan actuaciones sobradas y rebosantes de la excentricidad que llena toda la película, acompañados de un enorme diseño de producción y la gran fotografía de Emmanuel Lubezki. Si la cinta se hubiera conformado con esto, al estilo de Don’t Look Up (2021), tal vez pudo haber funcionado mejor; pero también es posible que, al no querer jugar en las mismas ligas, Iñárritu quisiera ir más allá.
Pero entonces llega la segunda línea narrativa, misma que tiene su razón de ser, sobre todo en la última secuencia, donde vemos las consecuencias actuales de los sucesos que se presentan en la obra. La escena es poderosa y está bien ejecutada, pero el problema reside en todo lo que se desarrolló, o debió desarrollarse, durante las dos horas previas. En esta parte nada logra llegar a buen puerto, pues mientras vemos a Digger ser perfilado de forma eficaz, Curtis es apenas un boceto de personaje, igual que todos los que lo rodean. Claro, sabemos de sus problemas, pero en esta línea nada termina por tener la importancia suficiente para que nos interesemos en las personas detrás de la producción que se está montando. Mientras Digger tiene la mejor escena, con su monólogo incómodo, Curtis apenas logra defenderse cuando tiene su quiebre durante los ensayos. Aquí no hay equilibrio entre las dos narraciones y eso se nota.
Se sabe que Iñárritu es un director pretencioso, que esta característica ha ido aumentando con cada trabajo que realiza y que durante mucho tiempo pudo salir airoso, ya que sus productos lograban cierta notoriedad. Serlo no es malo, creo que la mayoría de los artistas lo son; el problema se da cuando estas pretensiones se confunden con el verdadero talento. Él es muy bueno rodeándose de otros artistas que han hecho lucir hermosos o mejores sus trabajos, cosa que tampoco es mala, ya que todo recurso es una herramienta para el lucimiento del producto final. La cuestión es que, por lo menos de un tiempo para acá, estas herramientas han venido a sustituir la esencia y el núcleo de sus historias.
En Digger todo es enorme, todo luce maravilloso, por momentos demasiado enorme y maravilloso, y esto, a pesar de lo contradictorio que suene, no es algo positivo si no se acompaña de una historia lo suficientemente sólida para aprovecharlo. Aquí las actuaciones están en su punto, visualmente es muy atractiva, la música acompaña como debe, la fotografía brilla; en fin, los actores y el apartado técnico sobresalen, pero es la mano que mueve la batuta la que tambalea y no permite que esta obra, misma que en su mente estoy seguro de que era su magnum opus, llegue hasta el punto al que debió llegar. Una trama que te grita el mensaje, pero en una dirección que termina rebotando contra una pared en lugar de llegar a los oídos de un público que parece no haber encontrado.
Hasta hace un mes, Digger se posicionaba como una de las seguras contendientes al Óscar esta temporada y ahora, aunque no creo que haya perdido sus opciones por completo, porque cuenta con muchos aspectos positivos, la veo relegada a alguna categoría técnica y, si Cruise se mueve como debe, hasta él podría conseguir una nominación, pero ya no como favorito indiscutible, a pesar de que no sería un premio criticable. Iñárritu se ha estrellado, no porque su película merezca el rechazo generalizado, sino porque ha caído víctima de sus propias pretensiones y de un ego que sabemos que es más grande que el presupuesto de esta película, mismo que ha llenado los titulares más que la obra en sí, al convertirse en uno de los mayores fracasos comerciales del estudio en años recientes.
Tal vez, solo tal vez, el director debería abrazar la humildad, volver a sus raíces y probarse con historias como las que lo encumbraron al inicio de su carrera. No todo tiene que ser tan grande, tan rebuscado e inflado de soberbia, ya que de otra manera su carrera puede terminar tan destruida como el Digger Rockwell que el mismo escribió.










