Her Private Hell (2026)
Nicolas Winding Refn es un director que parecía estar destinado a brillar como uno de los grandes cineastas de su generación. Comenzando con su trilogía Pusher, pasando por Bronson (2008) y llegando a Drive (2011), con la que ganó el premio a mejor dirección en el Festival de Cannes, se posicionó entre los directores europeos a tomar en cuenta.
Pero entonces llegó la debacle con el estreno de Only God Forgives (2013) y The Neon Demon (2016), ambas volviendo a competir por la Palme d’Or y recibiendo algunas de las críticas más divisivas de su carrera, ya que en los dos casos las películas fueron tanto abucheadas como aplaudidas.
Después de esto, el director no había vuelto a dirigir ninguna película en solitario, ya que únicamente realizó dos miniseries para servicios de streaming, grabó un fragmento para una cinta en conjunto con otros directores y, sobre todo, se ha dedicado a la creación de anuncios publicitarios para marcas de lujo, cuestión que, a mi gusto, es la culpable de lo que escribiré más adelante.
Con un retiro temporal de casi 10 años como director de largometrajes, cuando se anunció su siguiente proyecto, la emoción, aunque con cautela por sus últimos trabajos, no se hizo esperar. Presentando su cinta de nuevo en Cannes, aunque fuera de competencia, Her Private Hell por fin pudo ser vista.
Como casi siempre, antes de adentrarme en lo que he pensado ahora que he podido verla, ¿cuál es la historia que el mismo director ha escrito junto al debutante en cine Esti Giordani? La trama, situada en un Japón futurista, tiene dos personajes principales: Elle (Sophie Thatcher) y Private K (Charles Melton), que transitan sus historias por separado durante la mayor parte del metraje.
Ella es una actriz que lleva una relación extraña con su padre, Johnny Thunders (Dougray Scott), un famoso director de cine que desaparece sin explicación y a quien ella se dedica a buscar mientras su mundo se desmorona; él, por su parte, es un exsoldado estadounidense que pasa sus días buscando a su hija perdida, mientras se enfrenta a miembros de la Yakuza y va dejando rastros de sangre y violencia a su paso. Sus historias tienen en común la siniestra leyenda del Leatherman, un sanguinario asesino que aparece con la misteriosa niebla que cubre la ciudad en busca de mujeres jóvenes como víctimas.
Empezando esto sin rodeos, Her Private Hell es una película que se ha quedado muy corta ante las expectativas, debido a una historia tan críptica como inconexa que no termina de caminar hacia ningún lado. El director, que hasta hace unos años había logrado nivelar el fondo con la forma de sus proyectos, lleva tiempo perdiendo el rumbo, apostando por producciones con un muy buen apartado visual, pero dejando de lado el desarrollo argumental de las situaciones y el alma de sus personajes.
Ese vicio ha llegado a su máxima expresión en esta ocasión, ya que la historia se pierde entre metáforas que no aportan nada y diálogos carentes de sentido, recitados en voz baja entre los personajes como si esto los dotara de una profundidad que no tienen. La ya clásica incapacidad de Winding Refn para escribir personajes femeninos que no resulten en arquetipos, donde las mujeres son relegadas a simples objetos del deseo de los hombres y dependen en su totalidad de estos, tampoco ayuda en una historia donde la mayoría de los personajes son de este género.
Por si esto no fuera suficiente, las dos tramas, que deberían entrelazarse —o eso es lo que se podría esperar—, nunca lo hacen. No es hasta el tercer acto, ya en su recta final, cuando los protagonistas tienen alguna interacción, misma que se da de una manera que no termina de ser explicada, por lo que nunca sabemos si ambas transcurren en el mismo tiempo y espacio, a pesar de que algunos personajes aparecen en las dos y ciertos símbolos (como un encendedor) también lo hacen.
Es por esto que el mensaje, en caso de que ellos mismos supieran qué querían decir, no logra conectar ni definirse, divagando entre las ya clásicas secuencias contemplativas que tanto caracterizan al director, pero que en esta ocasión son tan largas y tediosas que logran hacer que una cinta de dos horas se perciba de quince; eso sí, todo retratado y presentado como un escaparate de productos de lujo, donde nunca el tedio y el aburrimiento habían lucido tan bellos.
En esta película todo luce hermoso: sus actores son hermosos, los vestuarios son hermosos, la escenografía y la fotografía son hermosas, pero todo es tan frío y carente de un verdadero significado que por momentos pareciera que la secuencia va a congelarse para que aparezca el producto que se está vendiendo. Aquí no se interpreta, se muestra, se posa, se vende, dejando la impresión de que tantos años trabajando en publicidad han terminado permeando en la manera en que el director concibe sus imágenes. Un enorme comercial de 120 minutos en el que lo visual canibaliza los vagos intentos por contarnos algo.
Los actores hacen lo que pueden, a veces más, con lo que les han brindado, pero no es suficiente. Sophie Thatcher está mejor que nunca; Charles Melton proyecta una fuerza y un potencial de estrella que se desbordan. Pero, al final, las decisiones narrativas del personaje de la primera terminan dinamitando su intento y, en el caso de él, el director está más interesado en mostrarlo sin camisa (en secuencias donde no tiene sentido que termine así, aunque no hay queja de eso) que en desarrollar su personaje, motivaciones y conflictos. Tal vez sea Havana Rose Liu la única que se salva, en su papel de amiga/madrastra, ya que es la única que se comporta y habla como un ser humano, además de mostrar algún tipo de evolución. El resto modela para el lente, recita frases y regresa a su posición como maniquíes deshumanizados.
Si tuviera algo que rescatar, eso sería la música escrita por el gran Pino Donaggio, colaborador de cineastas como Dario Argento y Brian De Palma, una que le queda demasiado grande a una película que intenta recrear la atmósfera del género giallo y el cine noir que encumbraron a dichos directores, fallando en ambos casos. A pesar de tener varias escenas de violencia gráfica, estas también se pierden ante el apartado visual de esta especie de Blade Runner, donde el neón rosa, rojo y azul absorbe cualquier intento por lograrlo.
En resumen, Nicolas Winding Refn ha vuelto a fallar, creando uno de sus peores trabajos, uno que peca de lo peor que puede pasarle a una película: ser aburrida. Visualmente llamativa sin mostrar nada que no se haya visto antes, con bellos intérpretes que nunca habían lucido tan atractivos sin tener mucho que hacer a pesar de intentarlo y una historia absurda que pudo no haber existido. Triste ver que un director que ha demostrado talento se haya perdido entre las luces y el brillo del espectáculo vacío. Puede que a alguien que la vea este fin de semana, cuando se estrene en México, le vaya a gustar, pero al resto solo les puedo advertir que el título no miente: verla es pasar por nuestro propio infierno personal.










