Avatar: Fire and Ash (2025)

Cuando tocó escribir sobre Avatar: The Way of Water (2022), hice hincapié en que James Cameron es un maestro al momento de hacer segundas partes, algo que sigo defendiendo y no pienso discutir. Aunque la cinta mencionada no estaba al nivel de las otras dos secuelas que ha dirigido, lograba mantenerse y ampliar el universo que creó con la primera Avatar (2009), aunque repetía la fórmula de volver padres a los protagonistas y, técnicamente, era la misma historia de la primera, solo que en otro ecosistema.

En esta ocasión estamos ante un caso diferente, ya que es la primera vez que dirige una tercera entrega, algo que, parezca o no, es más difícil de realizar que una secuela. Además, esta no cuenta con una línea argumental independiente, pues su guion fue escrito junto con el anterior y fue pensada como una continuación directa, sin el salto temporal que existió entre las entregas previas.

Con esto entendido, la historia comienza exactamente donde finalizó la anterior, mostrando los estragos de lo vivido, como la muerte del hijo mayor de Jake (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldaña), así como la culpa que siente Lo’ak (Britain Dalton), quien cree que sus acciones provocaron la pérdida de su hermano. Paralelamente, regresa el villano recurrente Miles Quaritch (Stephen Lang), aún empeñado en vengarse de Jake y en recuperar a su hijo Spider (Jack Champion), quien ahora sufre el rechazo de Neytiri, ya que su presencia entre los Na’vi le recuerda constantemente la pérdida de su hijo. A estas líneas narrativas se suma, una vez más, el intento de los humanos por cazar la mayor cantidad posible de tulkuns, así como la incógnita sobre las habilidades demostradas por Kiri (Sigourney Weaver).

Como si cerrar estos arcos no fuera suficiente, Cameron vuelve a expandir su universo presentándonos a un nuevo clan, los Mangkwan, que parecen sacados directamente de la saga Mad Max y que son liderados por la violenta y sanguinaria Varang (Oona Chaplin). Este grupo ha perdido todo tras la devastación volcánica de su territorio, lo que los ha llevado a adaptarse al fuego y a subsistir mediante el saqueo constante de otros clanes, dejando destrucción a su paso. Por azares del destino (y conveniencias del guion), este clan terminará aliándose con los humanos y traicionando a los suyos, complicando aún más la supervivencia de Jake, su familia y del propio planeta.

Quienes hemos seguido esta saga, nos guste o no, sabemos que siempre ha sido un festín visual, uno que lamentablemente nunca ha encontrado un equivalente en su desarrollo argumental. Esta debilidad, que para muchos ya era evidente, se acentúa en esta ocasión, pues la historia que se nos presenta es la más floja de las tres, lo cual no deja de ser preocupante si tomamos en cuenta que la franquicia jamás ha destacado por la solidez de sus guiones.

Pero antes de entrar de lleno en sus problemas, hablemos de sus logros, que nuevamente se concentran en el apartado técnico. Aunque son muchos, resultan menos impresionantes que en las entregas anteriores. El cambio de ecosistema es mínimo, limitado a una breve visita al árido entorno de los Mangkwan, por lo que la cinta se divide entre tres escenarios principales: el paraje costero de The Way of Water, un breve regreso al bosque de la cinta original y, con un peso considerable, la base militar humana. Dylan Cole y Ben Procter, junto al departamento de arte, vuelven a lograr que cada entorno luzca impecable y espectacular. Russell Carpenter, repitiendo como director de fotografía, aprovecha al máximo estos escenarios, contraponiendo la belleza “natural” de los espacios abiertos con la frialdad y el salvajismo de las instalaciones militares y las secuencias de acción. Simon Franglen, como es costumbre desde Titanic, acompaña cada momento con partituras precisas. En cuanto a los efectos visuales y la captura de movimiento, no hay sorpresas: siguen siendo la carta fuerte de la franquicia. Técnicamente, la película vuelve a ser una maravilla… quizá demasiado familiar. No hay un verdadero avance creativo y muchos de los elementos visuales ya los hemos visto antes. Incluso el diseño del nuevo clan carece de una identidad suficientemente marcada, más allá del tono cenizo de su piel, lo que resulta un retroceso si se compara con la creatividad mostrada en la tribu acuática.

Un apartado técnico donde esta entrega sí flaquea frente a las anteriores es el montaje. No tanto en la fluidez general o en las secuencias de acción —aunque hay momentos excesivamente largos—, sino en decisiones de corte que resultan bruscas o confusas. Hay escenas en las que los personajes parecen saber cosas que el espectador nunca vio, lo que genera desconcierto. A nivel formal, el montaje no alcanza el equilibrio de las entregas previas, posiblemente porque seis manos, incluido Cameron, intervinieron en el proceso, dando la sensación de piezas ensambladas a posteriori. Incluso hay un corte a negro, casi a la mitad del metraje, tan prolongado que hace pensar en la posibilidad de un intermedio… aunque no queda claro por qué.

Si bien en lo técnico la cinta cumple, su mayor lastre sigue siendo la escritura. Avatar siempre ha sido un mensaje ambientalista poco sutil, lo cual no es necesariamente negativo —hay ideas que necesitan ser gritadas—, pero Cameron continúa sin afinar su discurso, llenando de contradicciones las acciones que vemos en pantalla. El mensaje está ahí, claro y directo, pero carece de la elegancia narrativa que el propio director ha sabido manejar en otros proyectos.

A esto se suma la saturación de líneas argumentales. El resultado es una sucesión de situaciones que saltan de un tema a otro, resolviéndose de manera simple y sin el peso emocional necesario. El arco de Spider, que termina siendo central, carece de un desarrollo inicial sólido; el misterio de Kiri, tras dos películas de espera, se resuelve de forma tan anticlimática que bien pudo no existir; y el intento de redención de otro personaje se siente forzado y carente de sentido. Incluso algunas muertes pasan sin el impacto esperado, como si los personajes las superaran con una rapidez sorprendente. El cierre, cercano a un epílogo deslucido, se apoya en frases tan genéricas que parecen sacadas de un manual básico de guion.

Fire and Ash repite y amplifica los errores de sus antecesoras, pero sin el encanto que estas aún conservaban, dejando ver un desgaste evidente en la franquicia. Resulta especialmente frustrante porque Varang es, posiblemente, la villana más interesante de la saga, y Oona Chaplin ofrece una interpretación sólida, aunque el guion no le otorgue el peso narrativo necesario para justificar plenamente sus acciones. El resto del reparto cumple sin sobresaltos, destacando nuevamente Zoe Saldaña, quien, le pese a quien le pese, ha terminado por apropiarse por completo de su personaje.

Avatar: Fire and Ash no es una película redonda —nadie lo esperaba—, pero decepciona al sentirse como un producto concebido casi exclusivamente desde lo económico. El fuego y las cenizas del título funcionan más como cortina de humo: cuando esta se disipa, queda la sensación de haber visto una extensión innecesaria, más de lo mismo y con poco interés real por avanzar creativamente.

Cameron ha dicho que el futuro de la saga dependerá del éxito comercial de esta entrega, pero si este es el camino elegido, quizá lo mejor sería detenerse. A veces es preferible conservar un buen recuerdo antes que quemar una fórmula hasta dejarla, literalmente, hecha cenizas.