Resident Evil (2026)
Es posible que esto suene extraño, pero pocas películas me han hecho reír y las he disfrutado tanto este año como lo hizo Resident Evil. Esto dicho con toda la seriedad posible.
Todo tipo de producto cinematográfico sufre debido a las expectativas puestas sobre él; cuando se trata de una adaptación de otro medio, estas aumentan; cuando este medio tiene una base de fanáticos muy grande, la presión es todavía mayor; cuando se trata de productos basados en videojuegos, el fandom enloquece y tiende a atacar a la yugular si se siente defraudado, cosa que es entendible teniendo en cuenta las deplorables adaptaciones que se han hecho de estos.
Sabiendo que la franquicia que da nombre a la película se ha llevado al cine y la televisión ya demasiadas veces, que nunca han logrado hacerlo con éxito completo y que, sin importar lo que intentara (en caso de querer hacerlo), le sería imposible darles gusto a todos, el director Zach Cregger, encargado de este proyecto, decidió hacer lo que mejor sabe: ser fiel a su estilo personal, cosa que, a mi gusto, es lo mejor que pudo hacer.
Los que estamos familiarizados con su trabajo sabemos que Cregger es muy bueno mezclando géneros y que la comedia siempre estará presente, cosa que ha sido tanto criticada como alabada, algo que en esta ocasión estoy seguro de que volverá a suceder, ya que los que busquen una adaptación fiel de alguno de los juegos deberían haber notado desde el tráiler que esto no iba a suceder.
Por el contrario, tal cual sucedió con la saga estelarizada por Milla Jovovich, se nos presenta un personaje completamente ajeno a la franquicia: Bryan (Austin Abrams), un repartidor médico que no está teniendo su mejor día, ya que su novia le acaba de informar que está embarazada, noticia que este no recibe con la mejor actitud. Al realizar su última entrega en un hospital, se le ofrece la oportunidad de hacer un encargo extra, que acepta al saber que se le pagará el doble por el pequeño inconveniente de ser una entrega fuera de la ciudad y con un clima poco favorable. Esto podría no ser tan malo si su destino no fuera nada más y nada menos que el Hospital General de Raccoon City, la misma noche en que se dan los acontecimientos del videojuego Resident Evil 2, es decir, cuando todo se va al infierno.
Con este punto de partida, porque esto es únicamente la introducción del primer acto, Zach Cregger decide llevarnos por un camino que nunca habíamos transitado antes, por lo menos no en el medio cinematográfico. Aquí no vemos grandes héroes de acción luchando contra infectados, no; aquí se trata de una persona común, como lo somos todos, enfrentándose a situaciones que nunca pensó vivir, pero, sobre todo, no intenta llevar el juego a la pantalla, sino que vuelve al protagonista y al público en jugadores de este.
Los que disfrutamos pasar horas pegados a un control de consola entendemos la situación: cuando inicias una partida en un juego nuevo, debes aprender sobre el mundo que estás conociendo, la manera en que este funciona, las ventajas con las que cuentas y las trabas a las que te vas a enfrentar. Pues ese precisamente es el viaje que emprende Bryan una vez que ha aceptado llevar el paquete.
Cregger ha estructurado su película como si iniciaras una de estas partidas, con una secuencia inicial donde te explican lo que debes hacer, para luego toparte con el detonante del problema, enfrentarte a enemigos simples o débiles que poco a poco se van tornando más peligrosos y numerosos.
Para que el efecto fuera redondo, se ha llenado la pantalla de múltiples referencias que los jugadores podemos identificar. El protagonista entonces debe hacerse de armamento, mismo que pasa de una simple pistola a una escopeta y, al final, a un arma de mayor calibre; siempre con munición limitada o, en algunos casos, escondida en otro punto donde debe ser encontrada, como la referente a la caja de municiones marca Heavy Field, utilizada en la cuarta entrega de la saga.
Como esta, hay múltiples inserciones y situaciones: una de las plantas del mismo juego dentro de un vehículo; la caja en la que se transporta el paquete a entregar, muy parecida a los botiquines de supervivencia; algunas tomas en primera persona; la manera de caminar del protagonista en ciertas secuencias; la presencia de candados que se abren de una manera específica y un ente que te acosa durante todo tu camino.
La historia de la película es sencilla, un survival horror de manual, aderezada con algunas capas de profundidad que se centran en el proceso de aceptación de la paternidad del protagonista, sobre todo en las secuencias de la granja, un encuentro con una niña y una sala de maternidad en un hospital (una de las más logradas de la película), en las que esto se hace más evidente. Todo mezclado con una cantidad exacta de terror y comedia que vuelve muy disfrutable el producto completo.
¿Pero qué sería de todo juego de supervivencia y terror en tercera persona si no tuviera en el centro a un protagonista lo suficientemente carismático para llevar a cuestas el peso de la historia? Este es, sin duda, a la par de la atmósfera y el estilo desarrollado por el director, el punto en que logra destacar la película: Austin Abrams. El actor ya había demostrado parte de su talento en uno de los capítulos de Weapons (2025), del mismo Cregger, pero en esta ocasión brilla como el centro absoluto de una historia que se apoya en su talento para que todo fluya.
Su personaje es torpe (como seríamos todos en esa situación), pero en ningún momento cae en la comedia tonta o simple; por el contrario, sus reacciones son tan naturales que logra una empatía completa con el espectador. Incluso en las pocas escenas en las que se necesita un rango más dramático, las desarrolla con la misma facilidad, por lo que podemos decir que estamos ante una de las revelaciones del año y uno de los mejores intérpretes del terror actual. Aplausos para el actor.
Es probable que el título quede un poco forzado y le hubiera ido mejor si se llamara simplemente Survival Horror y no hiciera referencia a algo tan conocido, pero se ha decidido que los acontecimientos ocurran en ese mundo. Puede que los puristas del videojuego no vayan a estar de acuerdo, que acribillen con comentarios negativos a la película, pero esto será únicamente porque ellos esperaban otra cosa y es entendible.
A pesar de lo anterior, Zach Cregger lo ha vuelto a hacer, remarcando su estilo mientras nos regala una de las mejores cintas de terror del año y una de las más logradas adaptaciones de videojuegos de las que se tenga memoria. Bien dirigida, fluida, funcional y graciosa, con un gran protagonista y varias secuencias que valen por sí mismas el boleto. Los gamers acabamos de recibir una obra para nosotros, pero una que funciona de igual manera si no lo eres. El mejor trabajo del director hasta el momento y un posible reinicio para una saga que parecía haber llegado a su game over, pero que, gracias al talento involucrado, acaba de iniciar una nueva partida.










