The Odyssey (2026)
Existen textos que, debido a su importancia dentro del mundo literario, se vuelven por demás difíciles de adaptar al medio cinematográfico. Esas historias que, sin importar que tanto se intente apegar al material base, terminan derrotadas ante la comparación en la mayoría de los casos, aunque algunos han logrado pasar a la historia como buenos intentos de plasmar la magnificencia de la obra original.
El poema épico Odisea, de autoría atribuida a Homero, escrito hace aproximadamente 2,800 años, es una de estas obras clásicas que se han adaptado tantas veces, en diversos formatos, que resulta difícil llevar la cuenta. Desde el cortometraje L’île de Calypso: Ulysse et le géant Polyphème (1905) dirigido por George Méliès; Ulises (1954), protagonizada por Kirk Douglas y dirigida por Mario Camerini; la animación futurista Ulises 31 (1981); la miniserie de dos partes The Odyssey (1997) producida por Francis Ford Coppola; hasta la adaptación, semi modernizada, en tono de comedia, dirigida por los Hermanos Coen, estelarizada por George Clooney, O Brother, Where Art Thou? (2000).
Por este motivo es que, cuando Christopher Nolan anunció, después de ganar una tonelada de Oscares por Oppenheimer (2023), que su siguiente proyecto sería una adaptación de dicho texto, las reacciones fueron entusiastas debido al estilo del director; pero también se especuló con dudas sobre lo que podría hacer que no se hubiera hecho ya.
Nolan, que domina su oficio y, sobre todo, conoce el mercado, sabía que no podía hacer mucho para cumplir con las exigencias de los puristas, por lo que hizo lo que todo realizador que se considere poseedor de un estilo propio definido haría: hacer la versión que quisiera, sin importarle mucho lo que los demás pudieran decir, fuera esto bueno o malo. Esto se hizo evidente una vez que un reparto multirracial fue anunciado y con cada filtración de detrás de cámaras se publicaba, eran analizados y criticados hasta el cansancio.
En un año donde las libertades creativas al adaptar grandes obras casi sepultaron a la Wuthering Heights de Emerald Fennell, caso que referencio por diversas similitudes en su desarrollo, Nolan se ha arriesgado y, a diferencia de la cinta mencionada, ha logrado salir airoso en su proyecto en cuanto a la calidad general se refiere, aunque carga a cuestas con algunos lastres, como algunos de los vicios comunes de su filmografía, sobre todo en la parte narrativa y algunas decisiones cuestionables.
En esta ocasión no hablaré de la trama, porque a estas alturas la mayoría debería saber la historia que, por lo menos en mi caso, fue lectura obligada en secundaría. Pero si es necesario decir que en esta adaptación, que tiene como único escritor al mismo Nolan, se ha dado un tono completamente diferente a lo que nos tenían acostumbrados para el protagonista y su viaje de vuelta a casa. Aquí queda relegada esa imagen de héroe legendario que dio el triunfo a su bando debido a su astucia, ya que, por el contrario, el viaje personal de Odiseo (un taciturno y contenido, aunque en extremo funcional Matt Damon) se nos muestra lleno de culpa y vergüenza, ya que su Caballo de Troya fue una afrenta contra las leyes de Zeus o Xenía, por lo que la caída de Troya se debe más a una trampa que a un esfuerzo verdadero.
En este sentido, Nolan aproxima a su protagonista al tratamiento que dio a J. Robert Oppenheimer: ambos son hombres condenados a cargar con las consecuencias del acto que los volvió inmortales. Su mayor logro es también el origen de su tormento. Bajo esa lógica, la Atenea de Zendaya —quien apenas habla, aunque consigue transmitir un auténtico aire de divinidad— funciona menos como una deidad protectora que como la conciencia del propio Odiseo, una presencia que lo confronta constantemente con el peso de sus decisiones.
Pero esta es una historia épica fantástica, por lo que el apartado técnico era uno de los aspectos que más dudas generaba, especialmente por algunas libertades artísticas tomadas desde el vestuario. En este terreno Nolan tampoco entrega exactamente la película que muchos esperaban, pero sí una experiencia profundamente cinematográfica: cruda, violenta y, dentro de lo posible, realista. Se mantiene fiel a ciertos elementos del poema, modifica otros y deja varios de lado; sin embargo, todo cuanto aparece en pantalla está ejecutado con un nivel de detalle impresionante.
Los pasajes dedicados al cíclope Polifemo, los lestrigones, la hechicera Circe (una impresionante Samantha Morton que aprovecha cada minuto para robarse la pantalla), el descenso al Hades —donde Elliot Page justifica su presencia con apenas dos escenas— y los encuentros con Caribdis, Escila y las Sirenas reciben un tratamiento visual como pocas veces se ha visto. Nolan los acerca más al terror que a la fantasía tradicional, consiguiendo que cada episodio encaje con naturalidad dentro del universo cruel, pero fascinante, que construye.
Para conseguirlo vuelve a rodearse de colaboradores habituales, artistas que conocen perfectamente su forma de trabajar. Ludwig Göransson compone una partitura que se aleja de lo convencional dentro del género y que, en esta ocasión, prefiere acompañar la narración antes que imponerse sobre ella. Hoyte van Hoytema ofrece imágenes de enorme belleza, aunque abusa ligeramente de una paleta grisácea y desaturada. Jennifer Lame logra que casi tres horas transcurran con fluidez, salvo por un pequeño tropiezo al cierre del segundo acto, atribuible más al guion que al montaje.
Sin embargo, quienes realmente elevan la película son Ruth De Jong desde el diseño de producción y los departamentos de maquillaje y efectos visuales. La combinación de escenarios monumentales, maquillaje prostético y un uso mínimo de CGI produce algunas de las imágenes más memorables de la película, especialmente las relacionadas con Circe, secuencias que permanecieron en mi memoria durante varios días.
Si tengo que poner algún pero en este sentido, podría ser el apartado sonoro, que si bien está muy bien realizado, llega a opacar los diálogos en algunos momentos, y posiblemente algunas piezas de vestuario que llegan a parecer disfraces, como el utilizado al final por Telémaco (un Tom Holland que hace lo que puede con lo que le dieron, pero cuyo personaje no le ayuda demasiado y su limitado registro como actor se vuelve evidente). Aun así no hay gran desperdicio en esta producción que grita en pantalla el uso correcto de cada dólar invertido en ella.
Para el final he dejado uno de los aspectos más comentados desde el anuncio del proyecto: el reparto. Dejando de lado a los actores ya mencionados, vale la pena destacar el trabajo de Anne Hathaway como Penélope, Robert Pattinson como Antínoo, John Leguizamo como Eumeo y Himesh Patel como Euríloco. Son los únicos personajes secundarios que reciben un verdadero desarrollo dramático y todos aprovechan al máximo el tiempo en pantalla, confirmando un talento que desde hace tiempo dejó de estar en duda.
El resto del elenco, pese al peso de sus nombres, queda reducido a poco más que apariciones especiales o personajes demasiado limitados por el propio guion. Lupita Nyong’o, Charlize Theron —con uno de los vestuarios menos logrados de la producción—, Jon Bernthal o Benny Safdie parecen haber sido elegidos más por el impacto de sus nombres que por las necesidades dramáticas de la historia. Todos tienen algún momento para lucirse, pero ninguno alcanza a dejar una impresión duradera.
Esta versión de The Odyssey no es la definitiva, ni siquiera es de lo mejor dentro de la filmografía de Nolan, pero si es una superproducción que reitera que estamos ante uno de esos casos extraños donde un realizador puede equilibrar cine comercial con cine de autor. Impresionante visualmente, con actuaciones que, si bien manejan diferentes niveles de calidad, ninguna decepciona, que logra mantener el ritmo a pesar de su duración, es sin duda uno de los eventos cinematográficos del año, una de esas películas que se debe ver y comentar, aunque una que dependerá de las expectativas personales para valorarla. En mi caso personal no tengo mayor queja que lo ya escrito, la disfruté, valoré sus aspectos positivos, que no son pocos y quedé sorprendido por lo plasmado en pantalla. Si se debe ver una película en cine, que valga la pena el costo del boleto, en definitiva es esta. Escucharemos mucho de ella en la temporada de premios, eso puedo asegurarlo.










