El canto después del origen: memoria, ritual y comunidad en «No cesarán mis cantos»
El pasado 17 de mayo tuve la oportunidad de presentar No cesarán mis cantos junto a su autora, Sofía Comas, durante la Feria Internacional del Libro de Coahuila Región Laguna. Más que una presentación convencional, la conversación alrededor del libro terminó convirtiéndose en una reflexión sobre el canto, la espiritualidad, la memoria colectiva y la manera en que la poesía todavía puede funcionar como un espacio de encuentro.
Ilustrado por Javier Olivares, Premio Nacional de Cómic en 2015, No cesarán mis cantos es el primer poemario de Sofía Comas, compositora, cantante y actriz hispano-canadiense. Concebido como un homenaje a la figura del poeta y a la poesía, el libro dialoga con autores, artistas y dramaturgos del panorama español actual como Gonzalo Escarpa, Lola Blasco, Celia B Soul o Katixa Agirre.
Al mismo tiempo, No cesarán mis cantos hunde sus raíces en la tradición literaria originaria de México, inspirándose en las figuras del poeta y gobernante Nezahualcóyotl y de la curandera y chamana María Sabina, quienes, a su vez, dialogan con personalidades como la poeta y cantante polaca Papusza o el escritor y guía espiritual Eckhart Tolle.
Antes de entrar al libro, vale la pena detenerse en el prólogo, porque ahí aparece una de las claves más importantes de No cesarán mis cantos: la idea de que el canto no pertenece a una sola voz, sino a una memoria colectiva. Desde el inicio, el libro se presenta como un territorio donde convergen distintas disciplinas, símbolos y espiritualidades, como si cada poema formara parte de una ceremonia más amplia.
También resulta significativa la presencia constante del número ocho dentro del proyecto. El ocho, asociado al infinito y a los ciclos que nunca terminan, dialoga perfectamente con el sentido del libro: el canto como algo que permanece, que regresa y que se transforma sin desaparecer. No cesar, en este caso, también significa volver continuamente a la palabra, al ritual y a la búsqueda espiritual.
Hay libros que se leen y otros que parecen convocarse. No cesarán mis cantos pertenece a esta segunda categoría. El libro de Sofía Comas no se instala en la tradición del poemario contemporáneo ni busca únicamente la experiencia íntima del “yo” poético. Desde sus primeras páginas queda claro que aquí la poesía quiere ser algo más: música, rito, performance, invocación y memoria colectiva.
La experiencia de presenciar a Sofía Comas durante la presentación del proyecto confirma, precisamente, eso. Su lectura no se limita a la interpretación de poemas; funciona como una experiencia escénica, donde el cuerpo, la voz y el silencio forman parte del texto. La autora no habla de poesía desde una postura académica ni racionalista. Habla del canto como quien habla de una fuerza viva. En distintos momentos, insiste en una idea fundamental: el poeta como una especie de médium o chamán de la palabra, alguien capaz de conectar dimensiones emocionales y espirituales que el lenguaje cotidiano ya no alcanza a tocar.
Y quizá ahí comienza el corazón verdadero de este libro.
Porque No cesarán mis cantos no entiende el poema como objeto literario, sino como experiencia de transformación.
El título mismo es una declaración poética y simbólica. “No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos” remite inmediatamente a Nezahualcóyotl y a la tradición nahua, donde la flor y el canto representan la permanencia de la vida frente a la muerte. No se trata de una referencia decorativa. El libro entero se sostiene sobre esa herencia simbólica: cantar como una forma de resistir al olvido.
En las culturas originarias mesoamericanas, el canto no era entretenimiento. Era una forma de conocimiento y una vía de conexión con lo sagrado. Sofía Comas parece comprender esa dimensión ritual de la palabra. Cuando escribe:
“Aun cuando las flores
se marchitan y amarillecen,
serán llevadas allá,
al interior de la casa
del ave de plumas de oro.”
el poema deja de funcionar únicamente como imagen estética. La escritura intenta abrir un umbral. El lenguaje ya no quiere explicar el mundo, sino atravesarlo.

Quizá por eso este libro resulta tan extraño y cercano al mismo tiempo para quienes hemos tenido contacto con ciertas experiencias espirituales o ceremoniales. Mientras lo leía, no dejaba de preguntarme si existen encuentros que no son casuales. No sé si sea el universo, la alineación de ciertas energías o si realmente la ayahuasca —la abuela, como muchos la nombran— va tejiendo una especie de comunidad invisible entre quienes han atravesado esas medicinas.
Hace apenas unos meses acudí a mi cuarta ceremonia. Y fue imposible no conectar inmediatamente con el poemario de Sofía Comas.
No solo por las referencias explícitas a la ayahuasca, al peyote o a los cantos de sanación, sino porque el libro comparte algo muy específico con esas experiencias: la sensación de que el lenguaje ordinario deja de alcanzar. Hay momentos en que la ceremonia, igual que la poesía, obliga a entrar en otro ritmo, otra percepción del tiempo y del cuerpo. Como si ciertas palabras dejaran de significar para empezar a vibrar.
Y ahí aparece otra de las preguntas centrales del libro:
¿Puede la poesía convertirse también en medicina?
No necesariamente medicina en un sentido literal, sino como experiencia de transformación, reconocimiento colectivo y apertura espiritual.
Tal vez por eso No cesarán mis cantos insiste tanto en la idea de comunidad. Porque las medicinas ancestrales, más allá de sus dimensiones rituales, también producen una sensación de pertenencia. Como si quienes atraviesan ciertos cantos, ciertos silencios o ciertas visiones terminaran reconociéndose entre sí, incluso sin haberse conocido antes.
Sin embargo, es precisamente ahí donde emerge una de las tensiones más interesantes del libro.
Porque No cesarán mis cantos está escrito desde España, pero espiritualmente mira hacia México y hacia distintas tradiciones ancestrales de América Latina. Sofía Comas incorpora referencias a María Sabina, a prácticas chamánicas, a los hongos sagrados, al peyote, a la ayahuasca y a las aves como figuras de mediación espiritual. No se trata de un interés superficial ni folclórico. La autora parece genuinamente conmovida por estos universos simbólicos. Hay estudio, sensibilidad y un deseo auténtico de diálogo.
Quizá ahí reside una de las dimensiones más interesantes del libro: la manera en que una autora española logra entrelazar su propia experiencia poética con imaginarios profundamente vinculados a México y América Latina. Lejos de construir distancia, el libro busca puntos de encuentro. Hay en sus páginas un deseo constante de tender puentes entre geografías, voces y espiritualidades distintas.
Por eso No cesarán mis cantos puede leerse también como una exploración del canto entendido como lenguaje universal. Un lenguaje que atraviesa fronteras y conecta experiencias humanas similares: la búsqueda de sentido, la necesidad de sanar, el deseo de comunidad y la relación espiritual con la naturaleza.
Y quizá por eso el libro resulta cercano para muchas personas que han atravesado ceremonias, cantos o experiencias vinculadas con medicinas ancestrales. Porque, más allá de los territorios específicos, hay algo en esas prácticas que genera reconocimiento entre quienes las viven: una sensación de escucha compartida, de vínculo y de transformación interior.
En ese sentido, el libro no intenta explicar lo sagrado desde afuera, sino acercarse a él desde la poesía, entendiendo el canto como una forma de comunión y memoria viva.
Otro aspecto importante del proyecto es su naturaleza colectiva. No cesarán mis cantos no se construye únicamente desde la voz de Sofía Comas, sino desde la colaboración entre distintas disciplinas artísticas. Música, ilustración, fotografía, performance y poesía dialogan constantemente dentro del libro, reforzando la idea de que el canto, aquí, es una experiencia compartida y no un acto individual.
Uno de los elementos más potentes del libro es el símbolo del pájaro. Las aves aparecen constantemente como mensajeras, guardianas o intermediarias entre mundos. El colibrí, el cuervo, la lechuza, la grulla o el águila funcionan como figuras espirituales y no únicamente como imágenes poéticas. Incluso la presencia de la ornitomancia —la interpretación espiritual del canto y vuelo de las aves— refuerza la sensación de que el libro quiere recuperar formas antiguas de leer el mundo.
La pregunta que parece atravesar cada página es profundamente contemporánea:
¿Todavía somos capaces de escuchar aquello que la modernidad nos enseñó a ignorar?
También resulta interesante la manera en que Sofía Comas trabaja el lenguaje. Hay momentos donde el libro parece más cercano a una experiencia performática que a un poemario tradicional. Y eso tiene sentido: la autora proviene también del escenario y de la música. Su escritura parece pensada para ser dicha en voz alta, para vibrar en el cuerpo antes que en la interpretación intelectual.
En una época donde gran parte de la poesía contemporánea parece moverse hacia el cinismo, la ironía o el desencanto, Sofía Comas se atreve a hablar de espiritualidad sin pedir disculpas. Y eso, independientemente de las tensiones que el libro provoca, resulta significativo.
Hay un verso que resume buena parte de la propuesta estética del libro:
“Flor no significa lo mismo que flor.
Cantar no es recitar.”
La frase contiene toda la lógica de No cesarán mis cantos. El lenguaje deja de ser una herramienta de comunicación para convertirse en materia ritual. Las palabras no buscan únicamente decir algo: buscan transformar.
Por eso este libro no exige solamente lectura, sino disposición. Hay que entrar en él como quien entra en una ceremonia: sabiendo que quizá no comprenderá todo, pero aceptando que algo puede moverse durante el trayecto.
Al final, No cesarán mis cantos no responde del todo la pregunta sobre el origen de su voz. Y quizá no necesita hacerlo. Lo importante no es si el canto pertenece completamente a quien lo emite, sino si todavía posee la capacidad de convocar memoria, comunidad y deseo de trascendencia.
Sofía Comas parece creer que sí.
Y en tiempos donde el lenguaje suele agotarse en la inmediatez y el ruido, esa fe en el poder del canto resulta, cuando menos, profundamente necesaria.










