Affeksjonsverdi (Valor sentimental, 2025)
Joachim Trier es un director noruego que, si bien ya contaba con cierto renombre, logró la fama mundial hace cuatro años con el estreno de su cinta Verdens verste menneske (La peor persona del mundo), cierre de su trilogía Oslo, escrita en conjunto con su colaborador habitual en este apartado, Eskil Vogt. La película fue estelarizada por la actriz Renate Reinsve, quien debutó en cine con la segunda entrega de esta serie, Oslo, August 31st (2011). Fue tal el éxito internacional de esta colaboración que resultaba evidente que los tres no tardarían en volver a trabajar juntos a la menor oportunidad.
El momento llegó este año con la película de la que hoy toca hablar, Sentimental Value para el mercado internacional, proyectada por primera vez en el pasado Festival de Cine de Cannes, donde se hizo acreedora al premio Grand Prix, segundo en importancia después de la Palme d’Or. La cinta, en general, salió reforzada por comentarios extremadamente positivos por parte de quienes pudieron verla, además de verse cobijada por la compra de sus derechos de distribución por compañías como Neon y Mubi para distintos territorios.
Ahora, con su estreno limitado en las salas de nuestro país, quienes ya pudimos verla constatamos que, efectivamente, estamos de nuevo ante una gran obra de este trío de artistas; pero también es importante advertir que todos aquellos que quedaron cautivados por su cinta anterior deben tener en cuenta que estamos ante un producto muy diferente, tanto en forma como en fondo, uno que puede resultar un poco más difícil de digerir.
¿De qué trata esta ocasión la historia? La cinta, un drama familiar, nos presenta a Nora (Renate Reinsve), una talentosa actriz de teatro que sufre ataques de pánico antes de salir al escenario; a su hermana Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), historiadora, casada y con un hijo; y a su distante padre Gustav (Stellan Skarsgård), un reconocido director de cine y principal causante de los traumas de sus hijas, tras haberlas abandonado en su infancia cuando su matrimonio con la madre de estas, Sissel —una terapeuta—, llegó a su fin. Con la reciente muerte de Sissel, Gustav regresa a Oslo para reclamar la casa donde las hermanas pasaron su vida con su madre, argumentando que ha sido propiedad de su familia durante varias generaciones. Aunque Agnes parece mantener una relación menos conflictiva con él, las fracturas emocionales salen a la superficie, sobre todo cuando Nora entra en escena, dejando en claro el resentimiento que aún carga hacia su padre.
Poco después de su llegada, Gustav deja entrever una intención oculta, paralela a la recuperación de la propiedad: convencer a Nora de protagonizar su próxima película, su regreso al cine tras quince años de inactividad. Ella rechaza la propuesta de inmediato, sin siquiera leer el guion o escuchar de qué trata el proyecto, dejando claro el profundo malestar que le provoca estar cerca de su padre. A partir de esto y por cuestiones del destino, Gustav termina conociendo a una joven estrella estadounidense, Rachel Kemp (Elle Fanning), quien busca mejores oportunidades para su carrera y acepta entusiasmada el papel, sustituyendo a Nora. La presencia de la actriz, así como la interacción forzada entre los miembros de la familia, irá revelando poco a poco los conflictos y el dolor que arrastra cada uno, todos con formas muy distintas de afrontarlos, procesarlos y, eventualmente, superarlos.
Sentimental Value es una historia sobre familias fracturadas, sobre cómo los traumas transgeneracionales van dejando huella en cada uno de sus miembros y cómo, tarde o temprano, es necesario enfrentarlos si no queremos ser devorados por ellos, amargando nuestra existencia e impidiéndonos avanzar. Al mismo tiempo, es un relato sobre el poder reparador del arte, ya sea como catarsis o como el único medio posible para comunicar aquello que no sabemos —o no podemos— decir de otra manera. Una historia de personajes que, a pesar de quererse, son incapaces de abrirse ante el otro debido a heridas demasiado profundas, esperando una disculpa que jamás llega, no por orgullo, como podría pensarse al inicio, sino por la simple incapacidad de saber cómo darla.
Joachim Trier logra adentrarnos en las profundidades de lo cotidiano sin volver pesada o cansada una historia que, gracias a las decisiones formales que adopta, termina dejando una sonrisa al espectador, a pesar de los temas que aborda. Estamos ante un relato sencillo, uno que hemos visto muchas veces y que, en manos menos capaces, difícilmente se distinguiría del resto, pero que aquí funciona por completo gracias al estilo con el que el director decide plasmarlo en pantalla.
Ejemplo de ello es la inclusión de secuencias de metacine, donde vemos a los personajes fusionar su realidad personal con su oficio, ya sea a través de las películas de Gustav o de las puestas en escena teatrales de Nora; apenas pinceladas que funcionan para mostrarnos cómo piensan y sienten los personajes. Otro acierto es dotar a la casa familiar de una importancia tal que la convierte en un personaje más. Desde el prólogo conocemos su historia, cómo varias generaciones la han habitado, y mediante breves flashbacks se nos muestran los sucesos que ahí ocurrieron, volviéndose testigo del sufrimiento de cada uno y, por ende, del modo en que ese dolor germina y muta en traumas heredados. Algo similar a lo realizado el año pasado por Robert Zemeckis en Here (2024), pero manejado aquí de una manera mucho más lograda.
Todo esto está sostenido por interpretaciones sobresalientes. Estamos, sin duda, ante uno de los ensambles actorales más sólidos y acertados del año, donde cada integrante aprovecha al máximo a su personaje, incluso cuando algunos no alcanzan la profundidad de otros, tal vez el único pero que podría señalarse para que la película resultara completamente redonda.
Sentimental Value es una de esas cintas en las que las experiencias personales del espectador determinarán en gran medida su impacto. En lo personal, prefiero la colaboración anterior del trio, pero ello no invalida el gran trabajo realizado en esta ocasión. En un año donde la categoría de Película Internacional se perfila como una de las más competidas de la temporada de premios, esta cinta ya ha comenzado a generar ruido más allá de ese rubro. Hasta ahora, y sin contar su recorrido por festivales, acumula siete nominaciones tanto en los Golden Globes como en los Critics’ Choice, por lo que no sería extraño verla aparecer en varias de las nominaciones al Oscar que están por anunciarse.
Cine adulto que aborda problemáticas humanas con sensibilidad, grandes actuaciones y un guion que fluye sin necesidad de efectismos ni despliegues técnicos excesivos. Una película sobre personas que cargan historias tan comunes como complejas. Sin duda, una de las mejores que se han estrenado este año y una que vale mucho la pena descubrir.










