Hamnet (2025)

En 2020, en plena pandemia, la escritora Maggie O’Farrell publicó su octava novela, Hamnet, convirtiéndose de inmediato en un éxito de ventas y crítica. Como suele ocurrir con los fenómenos literarios, era sólo cuestión de tiempo para que la obra fuera adaptada al cine (ya había tenido su versión teatral en 2023). Así, este 2025 llego su adaptación cinematográfica homónima (la semana pasada para México), que acaba de recibir ocho nominaciones al Oscar, incluida la de Mejor Película, bajo la dirección de la talentosa Chloé Zhao.

En este caso, al no haber leído la novela —aunque sí conocía su premisa—, no puedo juzgar qué tan fiel resulta la adaptación, por lo que en esta ocasión hablaré exclusivamente de la película. Dicho esto, ¿de qué trata Hamnet?

La historia se sitúa a finales del siglo XVI y tiene como protagonista a Agnes (Jessie Buckley), una joven de espíritu libre que pasa sus días recorriendo los bosques de Stratford, el pueblo donde vive. Durante una de sus caminatas conoce a un joven (Paul Mescal) que trabaja como maestro de latín para sus hermanos menores, debido a una deuda que su familia mantiene con la de ella, y que muestra un interés evidente por Agnes. A pesar de su renuencia inicial, con el paso del tiempo y la convivencia se desarrolla una relación entre ambos que desemboca en matrimonio y, posteriormente, en el nacimiento de sus hijos. Esto no es más que el primer acto de una historia mucho más profunda y dolorosa, que se despliega conforme avanza el metraje.

¿Por qué resulta relevante una película con una premisa que, en apariencia, podría parecer común? Porque la historia que se nos narra es, ni más ni menos, la de Agnes Hathaway, esposa de William Shakespeare, una figura enigmática que durante siglos ha sido objeto de especulación. Dado que se sabe poco sobre su vida y su peso real en la del dramaturgo, la película parte de hechos históricos comprobables para entrelazarlos con la ficción, construyendo una posible identidad para este personaje.

Para lograrlo, la directora, acompañada de la propia O’Farrell, se embarca en la tarea de trasladar la esencia del libro al lenguaje cinematográfico, intentando plasmar en pantalla la carga emocional que tantos lectores han señalado como su mayor fortaleza. Y basta con verla para entender que estamos ante una de las producciones más emotivas del año, sin caer en sentimentalismos prefabricados, a pesar de quienes la acusan de manipular al espectador mediante la explotación del sufrimiento. Lo segundo está lejos de la realidad; lo primero, en cambio, no debería ser motivo de reproche, pues toda obra artística busca, en mayor o menor medida, provocar una reacción emocional.

Hamnet lo consigue de forma orgánica. Resulta difícil imaginar a alguien saliendo ileso de la experiencia —salvo que se entre a la sala con una actitud cínica, decidido a resistirse para luego presumir inmunidad— sin quedar atrapado por los acontecimientos que se despliegan en pantalla. No es una película que se observe desde la distancia: se siente en cada plano y en cada decisión narrativa. Duele, especialmente en su segunda mitad, cuando la vida de Agnes se quiebra y se precipita hacia una tristeza tan profunda que para muchos sería imposible de soportar.

Chloé Zhao demuestra, una vez más, tener un ojo extraordinario para la belleza visual sin descuidar la profundidad temática. Cada plano se percibe realista y, al mismo tiempo, impregnado de una cualidad casi mágica, manteniendo un equilibrio delicado que no siempre se logra. Un ejemplo claro es la fotografía de Łukasz Żal —injustamente ignorado por la Academia, pese a algunas críticas sobre encuadres deliberadamente diferentes a lo acostumbrado—, quien, conocido por su dominio del blanco y negro, aprovecha aquí el color para crear imágenes que remiten a la pintura. La paleta cromática elegida para cada personaje y entorno realza tanto el diseño de producción de Fiona Crombie como el vestuario de Małgosia Turzańska, haciendo que todos los elementos visuales convivan con armonía.

En el plano narrativo, el guion deja claro desde el inicio quién es la protagonista absoluta. Aunque históricamente Agnes haya sido recordada como la esposa de Shakespeare, aquí ocurre lo contrario: William es el marido de Agnes. Él no recibe nombre hasta muy avanzado el metraje, una decisión que no busca sorprender, sino otorgar a ella el lugar central que merece. Las referencias a su obra están ahí —fragmentos de Romeo y Julieta, juegos teatrales que evocan Macbeth—, pero el dramaturgo funciona como acompañante del viaje emocional de su esposa, no como su eje.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película es la elección de su dupla protagonista (con una mención especial al pequeño Jacobi Jupe, quien interpreta al Hamnet que da título a la cinta). Paul Mescal vuelve a demostrar su talento, con escenas particularmente memorables, como un ataque de inseguridad marcado por el síndrome del impostor o un tercer acto donde expone el desgarro emocional de su personaje. Resulta llamativo verlo fuera de la conversación esta temporada, especialmente tras el intento de ubicarlo como actor secundario pese a tratarse de un rol claramente protagónico; en otro año, con menos competencia fija en la terna, probablemente habría figurado entre los nominados.

Pero el verdadero espectáculo es Jessie Buckley. Su interpretación de Agnes sostiene la película entera, cargando con un peso emocional que no deja de intensificarse conforme avanzan los minutos. Buckley transita con naturalidad por la alegría, la plenitud, la pena y un dolor devastador, construyendo un personaje que ya ha marcado  su carrera. Puede que no sea mi favorita personal para ganar el Oscar —ese lugar lo ocuparía Rose Byrne por If I Had Legs I’d Kick You—, pero su posible triunfo sería incuestionable.

Cada año hay una película que divide al público, ya sea por su calidad o por razones ajenas a ella, y este año ese papel lo ocupa Hamnet. Acusada de manipuladora, de ser “cine para mujeres” o de estar sobrevalorada, la cinta ha generado defensores tan apasionados como detractores feroces. En lo personal, no se encuentra entre mis favoritas del año, pero jamás podría calificarla como una mala película; ocurre exactamente lo contrario. Es una experiencia que merece verse en sala para tomar una postura propia. Y, independientemente del veredicto individual, Hamnet es una obra notable: dirigida con sensibilidad, sostenida por grandes actuaciones y respaldada por un apartado técnico sobresaliente. Una película que vuelve a recordarnos al arte como vía de expiación del dolor y como lenguaje cuando las palabras no alcanzan. Grande, Chloé Zhao: Nomadland no fue un golpe de suerte.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *