Marty Supreme (2025)
No soy fanático de las películas sobre deportes. Es raro que conecte con alguna, salvo que estén realizadas de forma poco usual o que, en realidad, el deporte no sea su tema central, como ocurrió con Challengers el año pasado. Si a eso le sumamos que el deporte en cuestión es el ping-pong —posiblemente uno de los que, a gusto personal, me resultan menos atractivos—, mis ganas de ver este producto eran prácticamente nulas.
Este año, ese fue exactamente el caso con Marty Supreme, del director Josh Safdie, protagonizada por la superestrella (tampoco de mi total agrado) Timothée Chalamet. En cualquier otro momento, esta habría sido una de esas películas que dejo pasar sin culpa o que termino viendo meses después, una noche cualquiera, en streaming. Sin embargo, como algunos ya deben saber, se ha convertido en un fenómeno que ha ido creciendo en popularidad —y en controversias— desde su estreno en el Festival de Cine de Nueva York el pasado octubre, culminando con nueve nominaciones al Oscar, incluyendo Película, Dirección y Actor Protagonista. Como fanático obsesivo de la temporada de premios —más por eso que por un interés genuino— compré un boleto para verla. Y tengo que admitirlo, fue una sorpresa muy grande y acepto que sus reconocimientos, todos, resultan merecidos.
Antes de entrar en la trama, conviene aclarar algo: esta supuestamente no es una historia real. La película toma como referencia al legendario jugador de ping-pong Marty Reisman para construir a su protagonista, pero no cuenta su vida. O quizá sí, pero aceptarlo implicaría pedir permisos, derechos y enfrentar otros inconvenientes legales que Safdie, al parecer, prefirió esquivar. El director insiste en que no se trata de una biografía, aunque el personaje se llame casi igual, esté caracterizado de forma similar, practique el mismo deporte y la película adopte, hasta cierto punto, la estructura clásica del biopic. Pero vamos a creerle: no estamos viendo una historia real… sólo una que se parece demasiado.
Aclarado eso, la historia se sitúa en el Nueva York de 1952 y gira en torno a Marty Reisman —perdón— Mauser (Timothée Chalamet), un jugador de ping-pong exageradamente egoísta, arrogante y convencido de ser el mejor del país. A las puertas de un torneo en Londres, Marty trabaja en la zapatería de su tío, empleo que detesta, pero con el cual espera costear el viaje. Cuando las cosas se complican, comienza a tomar una serie de decisiones cuestionables que, si bien lo llevan a Londres, también desatan el primer dominó de situaciones caóticas que caen una tras otra a lo largo de la película, desde ese punto inicial hasta aproximadamente nueve meses después, en un nuevo torneo, ahora en Japón.
Así de sencillo puede resumirse el argumento: jugador de ping-pong, viaje a Londres, consecuencias, nueva meta en Japón y todo lo que el protagonista hace para llegar a ambos eventos. Dicho así, no estaríamos mintiendo, pero sólo estaríamos describiendo la superficie. Porque Marty Supreme puede parecer una historia sobre ping-pong, pero en realidad el deporte ocupa un lugar secundario. El verdadero centro es Marty: su personalidad, su ego desbordado y su recorrido interno, así como la cadena de eventos que él mismo provoca entre un torneo y otro.
Estamos ante una historia profundamente estadounidense, pero estadounidense hasta el exceso. De esas donde se persigue un sueño a cualquier costo… sólo que aquí ocurre lo contrario. Esta no es una película sobre ganar, sino sobre perder. Vemos a Marty fracasar una y otra vez, intentarlo de nuevo y sabotearse constantemente porque se cree más inteligente que todos los demás. Y, en cierta medida, lo es, pero ni de lejos tanto como él piensa. Incluso cuando consigue una victoria, esta es interna: alimenta su ego, pero nunca le otorga el reconocimiento que ansía desesperadamente. Marty es un patán, sin duda, pero no uno plano, tiene matices, carisma y una labia tan eficaz que termina encantando a quienes se cruzan en su camino. Por eso, uno de los mayores aciertos del guion, escrito por Safdie junto a Ronald Bronstein, es presentar a un personaje que se mueve permanentemente en zonas grises, ya que pasa por encima de quien sea para lograr lo que quiere, pero rara vez le sale bien. Es el arquitecto de su propia tragedia, y eso es lo que distingue a esta película de tantas otras con planteamientos similares. Una especie de cinta de Scorsese —porque la influencia es más que evidente— cargada de cafeína y con el ritmo hiperactivo de la generación TikTok, donde todo ocurre más rápido y con menos tiempo para respirar.
Safdie podrá ser, al igual que su protagonista, una figura cuestionable —sobre todo a la luz de revelaciones recientes—, pero eso no anula la maestría que demuestra aquí como director. La pantalla se llena de elementos que, en teoría, no deberían funcionar juntos, pero que bajo su control encajan como un reloj suizo. Diálogos afilados acompañan situaciones absurdas e inverosímiles, como una conversación sobre vampirismo en la que es mejor no entrar en detalles. La música original de Daniel Lopatin es extraordinaria (y, a gusto personal, merecería una nominación al Oscar más que el apartado de Vestuario), conviviendo sin problema con una selección anacrónica de canciones que va de Tears for Fears a New Order. Todo esto se siente orgánico gracias al montaje frenético que Safdie realiza junto a Bronstein, logrando que una historia ambientada en el pasado se perciba, paradójicamente, en extremo actual en forma y fondo.
Para que algo tan extravagante funcione, es indispensable contar con los intérpretes adecuados, sean actores profesionales o no, y la película acierta plenamente en este aspecto. El reparto es tan variado como peculiar: Odessa A’zion, Gwyneth Paltrow, el rapero Tyler, The Creator, Fran Drescher, Abel Ferrara y la celebridad de reality TV Kevin O’Leary, quien aquí debuta como actor. Todos cumplen de sobra, todos encajan, todos suman. Por ello, considero que su nominación más sólida —y la que debería ganar, aunque probablemente no lo haga— es la de Casting, de reciente creación, gracias al trabajo de Jennifer Venditti, que logró identificar a la persona exacta para cada personaje que orbita alrededor del protagonista.
Pero este es, al final, el circo de un solo hombre, y ese es Timothée Chalamet. Un actor que ha perdido simpatía para muchos debido a comentarios tan egocéntricos como innecesarios, pero que entrega aquí, sin discusión, la mejor actuación de su carrera. Pasa de la prepotencia absoluta a la humillación, del miedo a una vulnerabilidad tan cruda que termina conmoviendo incluso al espectador más cínico. Podríamos estar ante el próximo ganador del Oscar, un resultado completamente válido y legítimo, se piense lo que se piense del actor y sin importar preferencias (en lo personal celebraría ver a Ethan Hawke levantar finalmente la estatuilla). Chalamet brilla en cada encuadre, en cada escena, elevando el material de una forma que pocos intérpretes podrían lograr.
Marty Supreme no ganará el Oscar a Mejor Película; sus posibles premios, si llegan, no vendrán por ese lado. Pero eso no le resta mérito: es una de las propuestas más estimulantes y arriesgadas del año, con una historia distinta contada desde un formato original. En un panorama saturado de producciones intercambiables, diseñadas para consumir y olvidarse en cuanto aparecen los créditos finales, una película como esta se agradece. No porque sea perfecta, sino porque se atreve a ser excesiva, arrogante, caótica y, en ocasiones, profundamente irritante. Justo como su protagonista. Y, en estos tiempos, eso ya es decir bastante.










