Eojjeolsuga eobsda (La única opción, 2025)

Después de cierta edad, para quienes dependemos de un trabajo asalariado, el miedo a la precariedad económica se vuelve una nube constante sobre nuestras cabezas. Porque no es lo mismo perder el sustento en los veintes —o incluso en los primeros treintas, aunque en nuestro país este sea el grupo demográfico con mayor tasa de desempleo— que hacerlo pasados los cuarenta. Cuando esto ocurre, si no se tiene un plan de emergencia o no se trabaja por cuenta propia en algo donde la experiencia funcione como carta de presentación, las ofertas laborales son mínimas, cuando no inexistentes. Son muchos los casos de personas que terminan aceptando empleos con una remuneración mucho menor o que pierden todo lo que les llevó años construir, al quedar obsoletas en medio de un mercado saturado de jóvenes con más energía, actualizados y adaptados al sistema, pero, sobre todo, explotables hasta que llegue el momento de reemplazarlos por la siguiente generación de trabajadores igualmente desechables.

Esta introducción, que parecería no tener relación alguna con el cine, es precisamente el núcleo temático de la más reciente obra de Park Chan-wook, titulada internacionalmente No Other Choice. La cinta ha sido seleccionada por Corea del Sur como su representante rumbo a los próximos premios Oscar y ha acumulado decenas de galardones —además de muchas nominaciones— desde su presentación en el 82.º Festival Internacional de Cine de Venecia, en agosto pasado.

La película es la segunda adaptación cinematográfica de la novela de suspenso The Ax, escrita por Donald Westlake en 1997. En ella se retrata la vida de un hombre despedido tras quince años trabajando en una fábrica de papel, víctima de la subcontratación u outsourcing, uno de los males más persistentes del capitalismo desde finales del siglo pasado, y que con el tiempo ha sido limitado —o al menos regulado— en algunos países en beneficio de los trabajadores. Ante la imposibilidad de encontrar un empleo en su área que le permita conservar el nivel de vida de clase media alta al que él y su familia estaban acostumbrados, el protagonista decide tomar cartas en el asunto mediante acciones que se alejan peligrosamente de cualquier espectro moral socialmente aceptable.

Tratándose de una cinta de Park Chan-wook —quien viene encadenando proyectos de enorme calidad y géneros variados como Bakjwi (2009), Agassi (2016) y Heeojil gyeolsim (2022)— era evidente que no estaríamos frente a una adaptación convencional de la novela. Si algo distingue al director es un estilo propio y reconocible, incluso cuando trabaja con material ajeno.

Aunque la historia es esencialmente la misma, Park opta aquí por la comedia negra como tono principal. No es que el texto original carezca de sátira, pero esta siempre se mantiene bajo el manto del drama y el suspenso, elementos que en esta versión funcionan más como acompañamiento. Desde el inicio queda claro que estamos ante una comedia retorcida sobre el capitalismo y la deshumanización que este conlleva. El otro gran cambio es la actualización del conflicto: el despido ya no se produce por el outsourcing, sino por la caída en la demanda de papel y, sobre todo, por un fenómeno que parece afectar con mayor crudeza a las nuevas generaciones: la sustitución laboral por máquinas y sistemas de inteligencia artificial, capaces de realizar el mismo trabajo de forma más rápida y eficiente.

Con esto claro, la historia se desarrolla así: Yoo Man-su (Lee Byung-hun), aparentemente un padre y esposo modelo, además de un trabajador exitoso, es despedido de su empresa y promete a su familia encontrar un nuevo empleo en un plazo de tres meses. Esto no sucede. Manteniendo durante un tiempo el nivel de vida al que estaban habituados, los ahorros se agotan y, tras un año saltando de entrevista en entrevista sin éxito, Yoo termina trabajando en un supermercado para subsistir. Su esposa, Mi-ri (Son Ye-jin), acepta un empleo de medio tiempo para apoyar económicamente, abandonando sus aficiones, al igual que sus hijos, quienes deben enfrentar una nueva y menos cómoda realidad. Al ver cómo su mundo se hunde en la precariedad, intenta ser recontratado por su antigua empresa, sólo para ser humillado por su exjefe. A partir de este punto de quiebre, Yoo Man-su toma lo que parece ser la única opción que le queda para recuperar su estatus social: crear la vacante perfecta para que él mismo resulte el candidato ideal. Como esto no es tan sencillo como suena, su plan incluye estudiar a los demás aspirantes —todos en situaciones similares—, eliminarlos del camino cueste lo que cueste y, sobre todo, deshacerse de quien ocupa actualmente el puesto deseado, sin importar los medios necesarios.

Vista superficialmente, resulta casi imposible no compararla con Gisaengchung (Parásitos, 2019), ya que ambas son comedias negras que critican el estado económico de Corea del Sur. Sin embargo, mientras aquella se centraba en la brecha de clases, la película de Park aborda un tema distinto: el desempleo y la manera en que el capitalismo exprime y descarta sin remordimiento a quienes han entregado su vida para que la maquinaria funcione. A esto se suma la pérdida de humanidad y valores que acompaña dicho proceso, dotando a la cinta de una oscuridad moral y filosófica que Parásitos apenas rozaba. Por ello, No Other Choice se siente más cercana a su Trilogía de la Venganza que a sus trabajos más recientes, sin que esto implique una repetición creativa.

Park Chan-wook no disfraza su mensaje: lo grita. Y en un tema como este, eso se agradece. Lo hace, además, desde un ángulo cómico que amortigua la recepción de las acciones del protagonista. Son cuestionables, por supuesto, pero en ningún momento se le presenta como un villano tradicional, pese a todo lo que es capaz de hacer con tal de alcanzar su objetivo. Hay situaciones en las que resulta imposible sentir empatía, como su obstinación por permanecer en una industria que ya lo ha expulsado, motivado más por el ego que por la necesidad real. O cuando se revela su pasado marcado por un alcoholismo aparentemente controlado, pero lo suficientemente latente como para que su familia tema una recaída.

Para que todo esto funcione, Park tuvo el acierto de elegir a Lee Byung-hun como protagonista, recién salido del fenómeno de Ojingeo Geim (El juego del calamar). Aquí ofrece, posiblemente, la mejor actuación de su carrera: pasa de la seguridad y la prepotencia inicial a una depresión profunda, atraviesa la humillación y termina convirtiéndose en alguien capaz de matar para conseguir lo que desea. Todo esto mientras regala momentos genuinamente hilarantes, donde su torpeza lo vuelve patético y ridículo, triunfando más por suerte que por habilidad. Su interpretación es tan natural que rara vez parece estar actuando, alternando sutileza y exceso justo cuando la historia lo exige. Si la carrera al Oscar masculino no estuviera tan cerrada —y ya dominada por un actor de habla no inglesa—, Byung-hun merecería sin problema una de las cinco plazas.

Sin embargo, este es un trabajo colectivo. La esposa, los hijos, los competidores y el “antagonista” principal orbitan alrededor del protagonista sin desentonar, logrando que todo fluya con precisión. Es el tipo de equilibrio que sólo los grandes directores consiguen: llevar a sus actores a territorios oscuros cuando la trama se vuelve seria y, segundos después, regresar a la comedia como un golpe que te hace cuestionar por qué te estás riendo de lo que ves. Aunque por momentos pasa por la mente, resulta difícil juzgar por completo las acciones de los personajes centrales. Eso no evita que la película incomode en varios tramos, debido al salvajismo narrativo y visual que despliega, contrastado —paradójicamente— por la belleza de los encuadres y la paleta de colores del fotógrafo Kim Woo-hyung, quien injustamente ha quedado fuera de la shortlist al Oscar.

No Other Choice es extremadamente divertida, pero no es una experiencia sencilla. Conviene tenerlo en cuenta si se planea acudir a las salas a partir del 15 de enero, cuando se estrene en un número inusualmente alto de cines para una producción de este tipo en nuestro país. Cada peso invertido vale la pena: la película no tiene desperdicio y, más importante aún, retrata un fenómeno cada vez más común de lo que nos gustaría admitir. Ahí están los despidos masivos recientes en empresas como Amazon, Microsoft y Meta, o, en el ámbito local, el caso de Wrangler. Cómica, absurda y brutal, la cinta nos recuerda que vivimos en un momento histórico en el que, por más estables que parezcan nuestras vidas, nadie está a salvo del monstruo capitalista, siempre listo para desechar a quien deje de ser útil. No suena agradable —ni pretende serlo— y no es un llamado a aplaudir la violencia como solución, pero sí una advertencia incómoda, narrada con inteligencia, humor negro y una lucidez que duele más de lo que hace reír.

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