Un largo adiós que no se acaba: escribir contra el olvido
Reseña
A Teresa también le decían Teresirena.
Lo pensé varias veces mientras leía Un largo adiós que no se acaba, de Alfredo Loera. Una mujer llamada Teresa convertida en sirena, y después sus cenizas entregadas al mar. Hay algo de destino en esa imagen. Como si incluso después de la muerte hubiera una manera de regresar al agua, de volver a ese sitio donde las cosas no desaparecen del todo, sólo cambian de forma.
Yo conocí a Teresa Muñoz cuando dirigía Casa Mudéjar. No fuimos cercanas, pero la recuerdo. Recuerdo también haberla leído durante años en las páginas de La Vereda. A Alfredo lo conocí prácticamente al mismo tiempo. Por eso, al abrir este libro, no encontré únicamente a dos nombres de la cultura lagunera. Encontré a dos personas que alguna vez coincidieron con mi propia historia de lectora.
Hay una pregunta que aparece en algún momento de estas páginas: ¿puede la poesía devolvernos a quienes hemos perdido?
La respuesta parece sencilla. No.
Ninguna palabra devuelve una voz. Ningún poema consigue que alguien vuelva a abrir los ojos, a entrar por una puerta, a sentarse frente a nosotros. Ninguna página puede negociar con la muerte.
Y, sin embargo, Alfredo escribe.
Quizá porque hay pérdidas que no saben quedarse calladas.
Un largo adiós que no se acaba nace de los últimos meses de Teresa, de la enfermedad, de los hospitales, de la espera y de esa forma tan extraña en que el tiempo comienza a medirse cuando sabemos que alguien puede morir. Hay días que parecen interminables y, al mismo tiempo, demasiado breves. Hay momentos en los que todavía se hacen planes, aunque una parte de nosotros ya sepa que quizá no habrá futuro para cumplirlos.
El cáncer aparece en estas páginas como una enfermedad del cuerpo, pero también como una grieta que alcanza todo lo demás. Cambia las rutinas, las conversaciones, los silencios. Cambia incluso la manera de mirar a la persona que amamos.
Alfredo menciona en el libro los diecisiete años de diferencia entre Teresa y él. Y pienso: ¿a quién carajos debería importarle esa diferencia?
Diecisiete años frente a una vida compartida son apenas una cifra.
Lo que importa está en otra parte.
En las noches. En los libros. En las conversaciones. En el deseo. En las discusiones. En aprender a mirar al otro y descubrir que todavía puede sorprendernos.
El amor, cuando ocurre de verdad, pocas veces pregunta por las fechas de nacimiento.
Hay un poema que me detuvo:
«Cómo te amaba
¿Lo recuerdas?
Traíamos vinos, canciones y muerte
Tirábamos los dados
Retábamos a Dios
A que nos partiera con un rayo.»
Me gusta pensar en esos dos jóvenes que alguna vez fueron ellos. No en los que aparecen al final de la historia, rodeados de hospitales y despedidas, sino en los que bebían vino, decían versos, hablaban de la muerte y se atrevían a retar a Dios.
Porque antes de la enfermedad estuvo la vida.
Antes del hospital estuvo el deseo.
Antes de la ausencia estuvo Teresa.
Y antes del duelo estuvo el amor.
Hay otro fragmento que me persiguió durante la lectura:
«Y susurrabas en mi oído blasfemias hermosas
Y yo las repetía
De poetas muertos en lenguas extrañas.»
Quizá aquí entendí por qué esta historia me resulta tan cercana.
Juan me lleva diez años. Y también nosotros somos, de alguna manera, musa y poeta. Pero esa palabra, musa, me interesa cada vez menos cuando se utiliza para colocar a una mujer frente al hombre que escribe sobre ella. Porque una mujer puede inspirar, pero también puede enseñar. Puede ser admirada y, al mismo tiempo, admirar. Puede convertirse en la maestra de quien la ama.
Yo he aprendido mucho de Juan. De sus lecturas, de sus conversaciones, de su manera de acercarse a la poesía. Hay aprendizajes literarios que le debo a él. Y quizá por eso puedo entender un poco la relación de Teresa y Alfredo.
Porque enamorarse también puede ser eso: encontrar a alguien que ensancha el mundo.
Alguien que nos presta palabras que después hacemos nuestras.
Alguien cuya manera de mirar termina modificando la nuestra.
Eso hay entre Teresa y Alfredo. Una admiración que no parece detenerse en la diferencia de edades ni en los papeles que cada uno ocupa. Él admiraba a la mujer, pero también a la escritora. A la mujer que sabía, que leía, que pensaba, que podía abrirle una puerta hacia otro sitio.
Y hay algo profundamente poético en eso.
Dos personas que se encuentran y, en lugar de reducirse, se expanden.
Antes de ser madre, antes de convertirse en escritora, actriz o promotora cultural, Teresa fue una mujer.
Me importa decirlo.
Porque a las mujeres se nos va borrando poco a poco detrás de los nombres que otros nos colocan: madre, esposa, hija, cuidadora, señora. A veces parece que envejecer significa pedir permiso para seguir siendo deseables. Que después de cierta edad debemos dejar de mirarnos con vanidad, de vestirnos para nosotras mismas, de querer sentirnos atractivas.
Teresa no parece haber aceptado ese pacto.
Y eso también aparece en el recuerdo que deja.
Hay algo profundamente vital en una mujer que se niega a desaparecer antes de tiempo.
Por eso no quiero recordar a Teresa únicamente desde la enfermedad. El cáncer ocupa buena parte de estas páginas, pero Teresa no es el cáncer. Teresa es también la mujer que amó, que deseó, que escribió, que leyó, que discutió, que se rio, que tuvo hijos, que hizo cultura y que quiso seguir siendo ella.
Eso me parece una de las mayores virtudes del libro: Alfredo escribe desde la pérdida, pero no permite que la pérdida se convierta en la única identidad de Teresa.
La memoria, entonces, adquiere otra dimensión.
Recordar no es solamente traer de vuelta a quien murió. También es devolverle todas las versiones que la muerte podría borrar.
La mujer enferma.
La mujer enamorada.
La escritora.
La madre.
La actriz.
La amiga.
La mujer que alguna vez fue llamada Teresirena.
Y la mujer que, para Alfredo, fue casa.
Quizá por eso el duelo que aparece aquí no tiene una conclusión. No hay una puerta que se cierra y detrás de ella queda el pasado. La ausencia se mete en las cosas pequeñas. En una canción. En una habitación. En una fecha. En una frase que alguien dijo alguna vez.
La muerte ocurre en un instante.
El amor tarda mucho más en enterarse.
Y tal vez por eso el título resulta tan preciso: Un largo adiós que no se acaba.
Mientras terminaba el libro seguí pensando en Teresirena.
En esa mujer a la que conocí de lejos, a la que leí en La Vereda, con la que alguna vez compartí un espacio cultural y que hoy regreso a encontrar en las páginas de Alfredo.
Pienso en sus cenizas sobre el mar.
Y entonces el apodo deja de parecer un simple sobrenombre.
Teresirena.
Una mujer que terminó convertida en agua.
Una escritora que ahora sobrevive en las palabras de otro.
Una presencia que ya no puede responder, pero que todavía provoca preguntas.
¿Puede la poesía devolvernos a quienes hemos perdido?
No.
Pero puede llamarlos por su nombre.
Puede reconstruir una escena.
Puede guardar una voz.
Puede decir: aquí estuvo.
Puede impedir que el silencio tenga la última palabra.
Y eso es lo que Alfredo Loera hace con Teresa.
No intenta devolverla.
La nombra.
Una y otra vez.
Hasta que el largo adiós deja de parecer una despedida y se convierte en otra forma de compañía.










