Teenage Sex and Death at Camp Miasma (2026)
Aunque su debut como directora fue el documental A Self-Induced Hallucination (2018), centrado en el fenómeno de Slender Man, Jane Schoenbrun cobró notoriedad con su primer largometraje narrativo, We’re All Going to the World’s Fair (2021). Tres años después llegaría la aplaudida I Saw the TV Glow (2024), que recibió un buen número de menciones y reconocimientos durante la temporada de premios de aquel año.
Estos trabajos fueron estrenados en el Festival de Cine de Sundance, pero este año Schoenbrun subió varios escalones con su tercer largometraje, Teenage Sex and Death at Camp Miasma, estrenado en la sección Un Certain Regard de la 79.ª edición del Festival Internacional de Cine de Cannes, donde posteriormente se hizo acreedora a la Queer Palm, otorgada a producciones con temática LGBTQ+.
La cinta, mezcla de géneros como el slasher, la sátira y el humor negro, fue de las más comentadas del festival, recibiendo una ovación de pie —algo que ya no es garantía de calidad, sí, hablo de ti, Emilia Pérez— por una buena parte de la audiencia, pero también provocando abandonos por parte de otro sector que casi salió corriendo al terminar la proyección. Uno de esos casos donde la película se ama o se odia: divisiva, pero incapaz de dejar a nadie indiferente.
Con un estreno limitado este fin de semana en nuestro país y habiéndola visto ya, ¿qué puedo decir sobre esta comentada película y hacia qué bando se inclina este servidor? En esta ocasión, la respuesta no es nada sencilla y posiblemente pasen días antes de que pueda responderla. Pero lo intentaré.
Como la mayoría de las veces, primero: ¿de qué trata esta película? Hablando en el sentido más simplificado posible, la trama sigue a Kris Williams (Hannah Einbinder), una directora de 29 años que ha logrado cierto renombre gracias a su ópera prima, una reinvención de Psycho narrada desde la perspectiva de la cortina de baño, que fue aplaudida en Sundance. Desde aquí sabemos hacia dónde irá el tono de la cinta.
Kris ha sido contratada por un gran estudio para revivir una franquicia de género slasher, Camp Miasma, esperando que su visión renovada atraiga a una nueva generación de espectadores. Dentro del mar de ideas que tiene para este proyecto, como toda cineasta hinchada de pretensiones intelectuales, decide que sería una grandiosa idea contratar a la actriz que interpretó a la final girl de la cinta original, Billy Presley (Gillian Anderson).
El problema es que Billy no volvió a actuar después del éxito de aquella película. Vive recluida en un paraje lejano que resulta ser el campamento donde se grabó aquella cinta, ahora de su propiedad, y parece no estar interesada en lo más mínimo en volver a la interpretación. Conforme avanza la historia, esto termina siendo el menor de los problemas de Kris, pues su presencia en el lugar y la interacción con la actriz la enfrentan consigo misma, obligándola a reconocer aspectos de su personalidad que no le gusta abordar y llevándola a sobrepasar límites que creía tener perfectamente definidos.
Como dije, esta es apenas la explicación simplificada de una trama que va mucho más allá en sus referencias, metáforas y, sobre todo, pretensiones. Porque sí, Camp Miasma tiene muchos puntos a favor, pero también queda debiendo en otros: no siempre una referencia sirve para sostener una trama, así como tampoco volver críptico tu desarrollo lo eleva automáticamente; en ocasiones, simplemente confunde más de lo que aporta.
Hay algo que vale la pena mencionar antes de proseguir: aunque estamos ante una película de terror, su verdadero interés no está necesariamente en provocar miedo, sino en hablar sobre las propias películas de terror. La dirección tomada es la de criticar al sistema que las produce, la manera en que las trata y cómo, después de un inicio prometedor, terminan abandonadas por tantas secuelas, cada una peor que la anterior, hasta que los estudios ya no saben qué hacer con la propiedad intelectual.
La secuencia de créditos inicial es un resumen perfecto de este fenómeno y se convierte en uno de los puntos altos de la película. Pero esto es apenas una explicación superficial de su trasfondo, porque en realidad estamos ante una historia que habla, simple y sencillamente, de carne y fluidos, tal como lo menciona Billy en un momento de la cinta.
Mientras nosotros, como lo hace Kris al inicio de la trama, tratamos de encontrar un significado mucho más rebuscado basándonos en lo intelectual, Schoenbrun prácticamente nos grita en la cara que su película habla sobre orgasmos. Algo evidente si tomamos en cuenta que el asesino de su saga ficticia se llama Little Death, en referencia a la petite mort, un eufemismo francés utilizado para describir el clímax sexual.
Y entonces surge otra línea narrativa que, para mí, termina siendo la más interesante: la película como una exploración del propio proceso de aceptación personal de Schoenbrun. La directora ha hablado de cómo su transición de género influyó directamente en la cinta, particularmente en sus ideas sobre el cuerpo, el deseo y la identidad. Por eso Kris puede entenderse como una especie de alter ego cinematográfico de Schoenbrun: no porque todo lo que le ocurre sea una representación literal de su vida, sino porque su recorrido funciona como una exteriorización de ese proceso de descubrimiento y aceptación.
De ahí cobran mayor sentido las referencias a la transfobia y la historia de Camp Miasma, que mezcla elementos de Sleepaway Camp (1983) y la saga de Friday the 13th. Kris comienza intentando comprenderlo todo desde la intelectualización, pero conforme se acerca a Billy y deja de observar para comenzar a experimentar, esa barrera comienza a desaparecer. El cine que Kris intenta analizar termina convirtiéndose en una experiencia que debe vivir.
¿Confuso? Sí. Como evidenciaron las miradas perdidas de los presentes en la sala al final de la proyección, todos salimos un poco liados con lo que acabábamos de ver. Hay un claro aroma a David Lynch —imposible no pensar en Mulholland Drive en algunos momentos— en la manera en que Schoenbrun mezcla realidad, ficción y fantasía. Son tantos los niveles por los que navega esta historia, tal vez demasiados y en ocasiones demasiado rebuscados, para contar algo que en el fondo es de naturaleza extremadamente sencilla y humana, que terminas desorientado cuando llegan los créditos finales.
Pero esto no lo digo necesariamente de forma peyorativa. Los mejores productos, a mi gusto, son aquellos que te dejan pensando durante varios días después de haberlos visto, y Teenage Sex and Death at Camp Miasma definitivamente consigue eso. Incluso sin estar seguro de haber entendido todo lo que Schoenbrun quería decir, sigo pensando en ello.
La cinta funciona, además, gracias al cuidado aspecto visual que maneja, con acercamientos surrealistas a lo onírico donde se mezclan escenarios reales con imágenes que parecen salir directamente de una pesadilla. La paleta de colores resalta cada encuadre y acompaña a la trama de manera eficaz, mientras que la música refuerza la sátira de la narración.
Aunque el principal soporte de la película son sus actrices. Hannah Einbinder es el centro de la cinta, transitando por un cambio radical desde su primera escena hasta la última sin perder en ningún momento la gracia que debe proyectar, incluso durante las escenas de mayor carga emocional. Gillian Anderson, por su parte, vuelve a demostrar un enorme talento como la figura retadora y catalizadora que provoca el cambio en su coprotagonista. Billy es una especie de Norma Desmond —referencia que la propia película hace evidente—, una estrella decadente de otra época, tan seductora como temible, pero también capaz de explotar su vena cómica cuando la situación lo amerita. Ambas trabajan en conjunto con una eficiencia pocas veces vista, ayudando a que el embrollo narrativo avance de manera natural a pesar de lo enredado que este puede llegar a ser.
Teenage Sex and Death at Camp Miasma es una cinta complicada si se analiza demasiado. La misma película parece explicarlo: quizá el problema está precisamente en nuestra necesidad de encontrar una respuesta para todo.
Una nueva producción que viene a confirmar el talento y el estilo de une directore que no parece dispuesto a dejarse absorber por la maquinaria hollywoodense. Una película que puede confundirte, incomodarte o incluso hacerte cuestionar qué demonios acabas de ver. Pero jamás te dejará indiferente. Confundido tal vez, pero indiferente no. Yo sigo procesando lo que vi.










