Sirāt (2025)
Hay películas que, más que contarnos una historia, nos obligan a vivir una experiencia, sea esta agradable o no, y Sirāt es una de ellas. La cinta, cuarto trabajo del director francés Oliver Laxe, producida por los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar, tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine de Cannes del año pasado, compitiendo en la selección oficial que aspira a la Palma de Oro. No la obtuvo, ya que terminó ganando el Premio del Jurado (Prix du Jury), algo así como el tercer lugar del certamen, empatando con la alemana Sound of Falling y quedando justo detrás de las triunfadoras It Was Just an Accident y Sentimental Value.
Para poder escribir estas líneas, he tenido que ver la película en dos ocasiones distintas, dejando reposar el impacto inicial que me llevó a colocarla entre mis cinco favoritas del año pasado. Esa percepción no ha cambiado en absoluto tras estas revisiones, ya que una cosa es el gusto personal y otra la calidad general de un producto. En ese sentido, la cinta me ha golpeado de la misma manera ambas veces. Sin embargo, este segundo acercamiento también me permitió detectar sus grietas argumentales, fácilmente pasadas por alto en un primer visionado, pues no estamos ante una obra tan redonda como podría parecer: algunos de sus mensajes terminan por volverse confusos.
Esta no es una película en el sentido tradicional, sino un fenómeno. En España, su país de origen se ha convertido en un éxito de taquilla, generando tanto fervientes grupos de seguidores como una cantidad similar de detractores. Y todo esto resulta lógico, porque sea cual sea la postura que se adopte frente a ella, difícilmente deja indiferente. Una vez iniciado el metraje, es casi imposible apartar la mirada: ya sea porque el espectador entra en el trance audiovisual tan meticulosamente construido por el director y su equipo, o porque no puede creer lo que está ocurriendo en pantalla, esperando algún rayo de luz para los personajes que deambulan por ese desierto onírico que sirve como escenario. Un espacio simbólico para cruzar el Sirāt metafórico que enfrentan los personajes: ese puente que, según el islam, es tan delgado como un cabello y tan afilado como una espada, suspendido sobre el infierno y que todos deberán intentar cruzar el día del juicio final si desean alcanzar el paraíso.
La historia que Sirāt nos presenta, al menos en su primer acto, a un padre, Luis (Sergi López), desesperado por encontrar a su hija desaparecida. Al saber que ella frecuentaba fiestas rave, decide viajar a Marruecos acompañado de su hijo preadolescente, Esteban (Bruno Núñez), y de su perro, con la esperanza de localizarla en uno de estos eventos. Armado únicamente con una fotografía, pregunta a cada asistente que no se encuentre demasiado drogado como para responderle si la ha visto, recibiendo siempre la misma negativa. No es sino hasta que llega a un grupo de ravers algo apartado cuando surge una mínima esperanza: no la conocen, pero saben de otra fiesta que se celebrará relativamente cerca, junto a la frontera con Mauritania, y planean asistir. Luis, sin demasiada noción del peligro, decide seguirlos, aun cuando fuerzas militares intentan detenerlos debido a un conflicto armado en la zona, del cual logran huir hasta perderlos. Y es hasta aquí donde conviene detenerse para no arruinar lo que realmente es esta película.
Hablar de un producto como este resulta complicado sin desvelar su desarrollo ni los golpes de efecto que Laxe va lanzando, en una constante aplicación de la Ley de Murphy donde los personajes parecen existir únicamente para sufrir. Como ya se ha mencionado, no todos cruzarán el Sirāt: algunos lo harán en un instante, otros se arrastrarán para lograrlo, algunos tardarán una eternidad y la gran mayoría terminará cayendo al infierno.
Dicho esto, es inevitable reconocer que el guion no es aquí su mayor fortaleza. El primer acto se contrapone con el resto del relato, diluyendo su propio planteamiento y derivando en una sucesión de metáforas que en más de una ocasión resultan tan evidentes como redundantes. Esto no es necesariamente negativo —hay películas que comienzan siendo una cosa y terminan convertidas en algo distinto—; la diferencia radica en lo orgánico del proceso, y aquí el cambio se percibe algo forzado. A esto se suma que la historia, escrita por el propio Laxe junto a su colaborador habitual Santiago Fillol, ofrece muy poca información sobre los personajes. Sabemos que hay un padre desesperado, pero nada se nos dice de la madre, que ni siquiera es mencionada; sabemos que el hijo lo acompaña, pero no se explican las razones; y los ravers que se presentan, marcados por cicatrices, amputaciones y heridas visibles, funcionan más como símbolos del sufrimiento que como personas con un pasado reconocible.
Tal vez por ello, cuando los acontecimientos comienzan a precipitarse de verdad, el impacto es innegable, pero la empatía se queda a medio camino. No logramos establecer una conexión real con los personajes, como si el director nos ofreciera dolor en estado puro, sin un destino claro al final del recorrido. Da la impresión de que la película castiga a quienes tienden la mano, a quienes ayudan. Esa es la sensación que persiste al reflexionar sobre ella: si no se hubiera tomado tal o cual decisión, nada de esto habría ocurrido. Como en la vida misma, sólo que llevado a consecuencias deliberadamente funestas.
Aun dejando claro que su historia críptica y las decisiones de los personajes pueden tener una lógica interna abierta a múltiples interpretaciones —y que será comprendida o no según cada espectador—, la eficacia de Sirāt se sostiene tanto en el trabajo natural de su elenco, como en un apartado técnico notable. Su fuerza proviene de la austeridad y sequedad de sus imágenes, así como de un diseño sonoro estridente y rítmico. No en vano logró aparecer en cinco shortlists del Oscar antes de las nominaciones oficiales, la mayoría en categorías técnicas, consiguiendo finalmente dos menciones: Película Internacional y Sonido, esta última inédita para una producción española. Si de mí dependiera, también habría alcanzado las de Música para Kangding Ray y Fotografía para Mauro Herce, pues son precisamente estos tres elementos los que generan el efecto que la película provoca en el espectador, uno que se prolonga mucho después de terminada la proyección, algo cada vez más difícil de conseguir.
Puede que parezca que he dicho poco sobre la película, pero quienes la vean entenderán el motivo. Por momentos un sueño, aunque la mayor parte del tiempo una pesadilla, esta es una de esas experiencias que conviene afrontar con la menor cantidad de información posible. Lo agradecerán… o no. Todo dependerá de si logran cruzar el puente o si, por el contrario, la travesía los arrastra directamente al infierno.










