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MONTERREY.- Mi equipo de futbol es Tigres y el pasado 28 de mayo sufrí con mi escuadra una dolorosa derrota ante Chivas. Era la serie por el campeonato del torneo Clausura 2017 del circuito mexicano. En la ida, en el Estadio Universitario, empataron a 2 goles. En el regreso, en la casa del Guadalajara, los tapatíos vencieron 2-1 y se coronaron.

Al decretarse la derrota ante El Rebaño, fue tremendo el aluvión de estiércol que recibimos los seguidores felinos de parte de los aficionados de Rayados, nuestro rival histórico en la ciudad. Las burlas inundaron las redes un segundo después de que se decretara el final. Era de esperarse. El equipo del Monterrey no ha conquistado una Liga desde el 2010. Por eso, la gran satisfacción de sus seguidores, en los últimos años, es atestiguar los fracasos de los auriazules.

 

Fue una masacre virtual. Los memes fueron tan ingeniosos como crueles y terminaron por incrementar la amargura de la feligresía felina de ese domingo fatídico.

¿Qué hice al respecto? Nada. Ardido como estaba, aguanté.

No tengo derecho a quejarme cuando, a lo largo de toda la vida he participado en el mismo juego y a mí me ha tocado estar del otro lado de la mesa. En estos años he atacado a mis amigos rayados, en pleno funeral por sus derrotas importantes, arrojándoles guano y carcajadas, en proporción idéntica a la que he recibido.

No entiendo a nuestro deporte sin que haya un encono entre aficionados, como se ve a nivel internacional. Y los ejemplos sobran.

Por supuesto que me refiero a una confrontación bien entendida. Lo único que debe chocar, según yo, es el punto de vista, las bromas, las discusiones. El que agrede, el que busca camorra con la excusa del encono futbolero, en realidad trae graves problemas desde su casa. A esos sí hay que vetarlos y erradicarlos de nuestro juego.

Pero en el entendido de burla, carrilla, broma, chunga, yo espero que se preserve y prolongue la colisión entre los aficionados. Cuando yo digo que un jugador de la escuadra rival es un inútil, claro que exagero para provocar una reacción en mi oponente. Todo vale en ese intento por ocasionar desdoro al hincha de enfrente y los colores que prefiere. Agredir con palabras, zaherir al equipo rival no necesariamente es una falta de respeto a los seguidores. Todo depende del tono, la forma de expresar intención. ¿Hasta dónde tengo permitido burlarme? No hay reglas. Depende de la ocasión, y eso cualquier aficionado lo sabe. En el barrio se conoce a los amigos y se sabe quienes aguantan vara y quienes se enfadan. Igual en una cantina o en el estadio, cada uno debe tener la prudencia para expresar ira o contento, y hacerse responsable de ello. El que no acepta esa sencilla regla de comportamiento futbolero, mejor ni debe involucrarse en el juego, porque seguramente no sabe vivirlo como se debe.

Sin ir muy lejos, Rayados tuvo la más dolorosa derrota de su historia la noche del 29 de mayo del 2016, en el juego de vuelta de la Final del Torneo Clausura 2016. Para hacerla más pesada, la tragedia ocurrió en el Estadio de Rayados, que había sido inaugurado meses atrás. La cena estaba servida para que los regios se coronaran en su flamante casa. Pero en la última jugada del partido, un descuido de la defensa permitió que Tuzos marcara el tanto de la igualada, que sentenció la final con marcador 2-1 a favor de los de Hidalgo.

No, no, no. Fue una hecatombe para la nación albiazul, y los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León estuvimos ahí para festinar su desdicha. Los acabamos a memes en redes sociales, y en persona los reventamos con puyas y con burlas. Gozamos su ira y su frustración con una saña inaudita. Durante toda la semana siguiente al pachucazo, descargué descarnada venganza. Hice que se enchilaran algunos camaradas rayados, a los que impunemente vapuleé durante la primera etapa de su duelo, la más dolorosa, aunque resistieron guapos. Pero, un año después, los Rayados nos pagaron con el mismo billete, en la pasada final ante Guadalajara. Su rencor fue implacable y destructivo. Mis amigos de La Pandilla se retorcieron de risa ante los gimoteos de nosotros, los derrotados.

Nos jodemos por igual. Nos llevamos y nos aguantamos.

Me gusta ver el futbol como un juego de ciclos. Los que triunfan hoy, fracasan mañana. Hay llanto en una temporada y risa en la siguiente. Por eso, para mí, el que gana celebra y el que pierde soporta. Cada semestre se enfrentan Tigres y Rayados en el llamado Clásico del Norte. El juego es como nuestra final casera de cada temporada. Cuando cae mi equipo resisto la embestida feroz de los de enfrente. De la misma manera correspondo, cuando la suerte nos ilumina. Y mis vecinos se mantienen firmes.

Afortunadamente, la carrilla ahí está, para mantener viva la pasión y la expectativa del futbol. Y qué es nuestro juego, si no una actividad profesional, que se nos presenta en forma de espectáculo de masas, para provocarnos emociones. El futbol es tan condenadamente popular en el planeta porque no hay ninguna otra instancia que nos proporcione ese hormigueo similar. Y un añadido importantísimo para degustar los juegos de cada semana, como la sal en los platillos, es la rivalidad. Haz mofa y recíbele, porque sabes que no hay interés de hacerte daño como persona. Lo que realmente queremos afectar del otro es esa pequeña parcela del corazón pintada con los colores de su equipo. No hay intención de insultarlo, ni herirlo en sus sentimientos, ni afectarlo como persona. Futboleramente, atacamos exclusivamente a la escuadra que prefiere. Aquí también, quien no lo entiende así, obviamente no sabe nada de lo que es ser un aficionado.

Es como cuando en el estadio mexicano, los asistentes gritan “Puto” al arquero del equipo rival. Vamos, quién en el país considera esa expresión insultante cuando se dice desde una tribuna. El bando de policía y buen gobierno de cualquier municipio del país considera una falta administrativa y motivo de arresto a quien profiere en público palabras altisonantes. ¿Por qué no arrestan a los 40 mil aficionados que infaman al arquero visitante? Pues porque se entiende que quien entra al estadio ingresa a un universo cerrado y diferente, ajeno al Mundo exterior, en donde las reglas de comportamiento social son más elásticas. Pero en la FIFA, como no viven en nuestro país, nos censuran y amenazan, pues no saben que en México, al usar la palabreja para referirnos al guardameta, no lo hacemos por insultarlo. Qué va. En realidad lo que hacemos es manifestar al portero y a todo su equipo que es el rival y que nuestra preferencia está con sus oponentes, que son nuestros muchachos, a los que respaldamos. Pero, también, con el grito unánime celebramos la organización y la orquesta, porque nos sentimos íntimamente gustosos de que algo, aunque sea esa expresión, nos una, nos sincronice y también, de pasada, que ruborice a las buenas conciencias.

 

En esta lógica, los aficionados al futbol entramos a una realidad alterna al practicar esas dinámicas de pasión por el equipo, cuando hinchamos en el estadio o frente a la televisión. Nadie se enfada porque le dicen “Pendejo” al jugador del equipo propio o rival, que comete un yerro.

Por eso me declaro en contra de eliminar el anti. Lo que no me gusta es la violencia en el estadio. Me provoca nausea el aficionado que acude a buscar riña. Fuera de eso, me gusta el cruce de las cacallacas, el intercambio de burlas. Siento gachísimo que, en las derrotas de la U de Nuevo León, me caigan encima, con estocadas que me envían en forma de ironías mis amigos rayados, que van a festejar cada tropiezo de mis Tigres. Pero, de igual manera, yo les regreso las pedradas cuando tengo oportunidad.

La rivalidad entre aficionados es parte íntegra del futbol.

Así ha sido y espero que así siga.