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¿A alguien le ha pasado que los primeros días del año, se siente como si el cuerpo no avanzara, como si estuviéramos en un puente frágil, cuyo destino aún se desconoce…?

Se suman las promesas y los deseos, pero la realidad es que la melancolía de los días previos aun invade el espíritu… es como si el 2017 estuviera dejando una estela de polvo, un pequeño camino que está por terminar.

Se siente la vibra de la fiesta, los abrazos, las pláticas no vividas durante el año. El olor de las cocinas calientes, ahora frías y otra vez con ese paisaje cotidiano tan molesto, cuando hay que hacerse cargo de toda su limpieza. El rastro de los obsequios, la basura que se quiere salir de la casa y a la vez no…

Nunca me han gustado los primeros días del año. Soy de las personas a las que les cuesta creer que se vive un cambio, que algo está avanzando, porque la sensación de caminar es permanente. Y también la sensación de detenerse a meditar, a tratar de estar en paz, recae en nuestros hombros en cualquier momento del año.

La soledad de las oficinas, las calles semi desiertas, el frío de la mañana, seco y amenazante. La sensación de no tener descanso, de no saber si se avanza por el camino correcto, es lo que invade mi inicio de año.

El reparto de placeres no es equitativo. Hay viajeros en playas y otros en carreteras de regreso, hay estudiantes que duermen, enfermos en hospitales, jóvenes en busca de empleo, adultos pagando impuestos. Hay quienes madrugan para trabajar y otros que se acuestan a alba.

Y en el recoveco de sol que se cuela por la ventana del céntrico edificio, al lado de una taza de café, uno suele pensar que hay mucho que componer en este pedazo de mundo, que hay algo que arreglar, que renovar, que hay alguien a quien convencer de que este comienzo, a pesar de todo, sí tiene sentido.