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Tínder

¿Alguna vez escuchaste esa minihistoria de 'todo iba bien y de pronto se acabó? Seguro que sí. A todos nos ha pasado o tenemos a alguien cercano que pasó por una situación así.

Conocí la aplicacion Tinder el año pasado. Una de las tantas que hay en los celulares para conocer gente.

Al bajarla a mi teléfono, pensé que era momento de socializar con otras personas, pues el ser una Godínez "nocturna" en una ciudad que no es la tuya es un poco difícil. Por lo que pensé que era buena idea.

Contrario a veces anteriores donde ponía fotos falsas o perfiles sin fotos, completé la información y mi foto de batalla.  Una donde aparezco con un vestido morado con el que fui a una boda el año pasado.

La dinámica ya la saben. Le das "like" a las fotos de sugerencias de personas que viven en tu zona y si ambos se dan "like" o se gustan, entablan una charla y listo.

Tuve muchos "likes". Muchos que querían invitarme a salir, a cenar, a comer y me sentía soñada.  Imagínense, todo lo que deseaba en la prepa y en la carrera era ser popular entre los chavos.

Aunque aparecía un poco con el rostro cubierto, la foto fue un éxito. No faltó quién me pidiera mi número de celular, ahora le dicen "pásame tu whats", que no es más que "pásame tu número telefónico", ¿no?

Llegué a tener muchos contactos en el celular.  A cada rato sonaba una notificación de mensaje de "Sergio Tinder", "Jesús Tinder" o "Ricardo Tinder". Era bastante divertido y les enseñaba las fotos de perfil a mis compañeras para que vieran y me dieran el visto bueno.

Algunos de los caballeros presumían en sus perfiles que eran buena onda, de mente abierta, muy accesibles, etcétera, etcétera. Pero no todos dicen la verdad.

Después de unas semanas, subi una nueva foto. Esta vez era de mi rostro, era como un logro de ese trabajo con la autoestima aunque a veces se derrumba. Disminuyeron los "likes" pero aún así había quien deseaba charlar conmigo.

Conocí a varias personas de Monterrey, Saltillo, del DF y de Torreón. Desde mi experiencia puedo contar que la mayoría solo desea pasarla bien pero algunos solo ven a la mujer como una "posible amiga con derechos" y si tu marcas que quieres una amistad, raras veces lo entienden.  O dicen que sí, pero al paso de unos días, desaparecen. 

A los que les di mi número, les hablé claro y cuando se trataba de mandar audios de voz, no me preocupé. Esto era una de mis inseguridades más fuertes años atrás, pero ahora no lo vi así. Si llegase a tener una bronca o algo por el estilo, no había más que bloquear y borrar.

Me esforcé mucho en el sentido de llevar una plática tranquila, sin sacar el cuestionario o interrogatorio por reportera que soy (eso no se quita). Traté de olvidarme un poco de los diarios, portales, noticias y demás para adentrarme en hablar sobre cosas cotidianas.

Aunque a veces hay quienes les llama la atención cómo es un periódico y se emocionan con lo que les platicas y pues tienes que hablarles de lo que has hecho por años.

Nunca faltó quién me dijera que si estaba feliz de trabajar en un horario "pesado" y que cómo le hacía para equilibrar el tiempo con mi familia o con amigos. Les contesté que por eso estaba en esa aplicación y dos más que bajé para saber cuál me resultaba mejor.

Al cabo de varios meses, conocí a Rolando, pero no en Tinder, en otra. A diferencia de las otras tantas personas, con Rolando la conversación fluyó desde el primer día. Resulta que era nacido en Monterrey, vivió en varias ciudades, entre ellas Zacatecas y estaba ya desde hace tiempo en Saltillo.

Pero eso no era todo. Resulta que el señor que tiene una tienda en la esquina de mi casa, le daba pasantías de matemáticas cuando era adolescente y conocía bien la cuadra. 

Cuando me dijo pensé que era una broma pero sí era cierto. Rolando es menor que yo dos años, dos meses y dos días.

Platicábamos por horas e intercambiamos teléfonos. Nunca pensé en que qué pasaría si no le agradaba mi voz o si no me entendía o si no le gustaba mi foto. Nada, estaba tranquila y me sentía en puerto seguro.

Lo que más me gustaba es que no hablábamos de trabajo, ¡por fin alguien que no quería saber de periódicos, sino de lo que yo pensaba de la vida!

Le gustaba escuchar mis "patoaventuras" y era bastante divertido. A diferencia de otras personas que he conocido desde que llegué a Saltillo, con Rolando no me nacía estar en alerta o a la defensiva. Sabía que estar a la defensiva me había causado problemas en otras relaciones así que puse mucho de mi parte.

Abrí mi corazón como hace tiempo no lo hacía. Es decir, uno puede conocer gente y pensar muchas cosas pero no podemos engañarnos. Sabemos bien a qué le tiramos.

Con Rolando era distinto, había dejado de ser esa persona que le encuentra detalles hasta por debajo de las piedras a las personas.

Además de las "casualidades" que mencioné, le gustaba la misma música que a mí y decía algo en lo que yo creo. Que no quería ser feliz con alguien, sino compartir su felicidad con alguien, que es distinto. Otra cosa que también me gustaba es que él tenía buena conversación, por lo que no era difícil platicar.

Hay personas que hay que estar sacándoles las palabras a tirabuzón o interpretando sus silencios o pensando "¿qué quiso decir?". Pero esta vez yo no tenía necesidad de interpretar nada, solito fluía todo.

Conforme pasaron los días, pensé que era momento de quitarse esa armadura puesta desde hace algunos años y dejar de querer controlar todo para no dañarme. Era tiempo de que conocieran a la verdadera Daniella.

A la semana y días de que conversábamos, pensamos que sería bueno conocernos en persona. Él decía que quería tener algo formal, que no era juego y que "las cosas importantes no se dicen por whats o teléfono".

Justamente el 21 de marzo, iríamos a cenar para hablar "en serio". Después de todo para eso son esas aplicaciones, ¿no?

... Pero esa cita nunca llegó. Me dejó plantada en mi trabajo y luego de esperarlo dos horas, me fui a mi casa con nuevo corte de cabello y un vestido lindo.

Lo que más me dolió no fue la cancelación, sino, la excusa que dio y allí ya no pude evitar perder el control y estar a la defensiva.

Me dolió que me vieran la cara y lo más triste para mí fue que había decidido bajar la guardia, había dejado ese espíritu inquisitivo y desconfiado en el cajón. Y fallé.

Al día siguiente vinieron las disculpas y que "vamos a vernos ahora sí" y no pasó nada. Al tercer día fui yo quien le mandó un audio de voz diciéndole todo lo que pensaba.  Total, qué más daba.

En ese mensaje de tres minutos que le grabé le dije que lamentaba mucho que había quienes todavía no maduraban. Porque finalmente eso fue, cobardía. Pero que a pesar de eso, me sentía orgullosa de mi misma, porque había puesto de mi parte dejando mi orgullo de lado o el rencor por heridas pasadas y me había dado la oportunidad.

Muchos dirán que fue muy pronto o que me ilusioné rápido. Y puede que tengan razón, pero hacía tiempo en que no dejaba que las cosas fluyeran pues siempre quería tener todo bajo control y por eso no resultaba.

¿Que si me dolió? Tenía mucho que no lloraba tanto por alguien. Es decir, llegan personas a nuestra vida pero sabemos dónde estamos parados o creemos estarlo.

No paré de llorar. Sólo de acordarme me salían las lágrimas. Ya fuera en mi casa o en el trabajo. Nunca faltó el apoyo, de mi gente, de mis compañeras que más que palabras, su compañía silenciosa me reconfortó lo necesario.

Ahora ya cuento esta historia sin estar triste. Dicen que cuando ya no lloras al hablar de algo, es porque ya lo has superado. Así que ahora lo que sigue. Estamos listos para los 38 años.

  1. Ya no tengo mi cuenta en Tinder.

 Twitter: @lagiacoman