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Luego del epílogo triste del encuentro entre Tigres y Tiburones, el pasado 17 de febrero del 2017, en el estadio Luis Pirata Fuente, surgió, de inmediato, la polémica sobre los responsables del incidente de esa noche. Las voces de todos reparten culpas entre los aficionados de Veracruz, los de Nuevo León y la policía. Lo que observo es que esta bronca se parece a todas las broncas de todos los años y tiene orígenes en las mismas razones. No creo que las agresiones estén motivadas por el conocido fenómeno de las barras.

Claro que impacta ver en videos reproducidos en todos lados a Tuca Ferretti desgañitándose, para auxiliar a los aficionados de su equipo. Claro que asusta ver cómo un grupo de aficionados toman frascos de cerveza para usarlos como proyectiles que pueden ser mortales. Pero que existan esas personas no es culpa de la gente con la que se reúnen en la tribuna.

Los grupos de animación no son lugares donde se germinan los espíritus antisociales. Los muchachos no incuban la violencia cuando se incorporan a la barra, como dicta la creencia generalizada. Esa ya lo portan. No se hicieron agresivos en las gradas. Un psicológo que hiciera un perfil de uno de esos jóvenes, encontraría que fueron los padecimientos que trajo de su casa, los que lo llevaron a coger una botella para arrojarla a otra persona, buscando lastimarla. Si a ese fanático que agrede en el estadio se le saca de la barra y se le veta, buscará otro lugar para saciar ese ímpetu mal encauzado.

Considero que hay una interpretación errónea de la forma en que muchos aficionados y opinadores suponen que fue adaptada en México la forma de animación importada desde Sudamérica. Ciertamente, en Argentina la violencia se exacerbó al grado a que ahora en las gradas hay policías armados con fusiles para resguardar el orden. Y no se vende cerveza, para no calentar el ánimo de por sí encendido por el juego mismo. Sin embargo, en México lo que más se copió fue la forma de cantar y de organizarse. Pero como se hace referencia a la palabra “barra”, que remite a barriada, se le asocia con la riña y la camorra, aspectos que, en los dos países, son incontrastables. Acá no se ha llegado a aquellos extremos.

Lo que sí veo, en el partido de felinos y escualos, es un grave incidente que se concentra en la violencia de decenas de individuos, no de una horda que se cobija en el mote de barra para atacar. Recordemos que la agresividad entre los aficionados del futbol siempre ha existido. Los aficionados de sangre caliente y buscabullas, abundaban en las gradas desde que nuestros padres y abuelos entonaban porras que empezaban con: “A la bio, a la bao, a la bim, bom, ba”, entonaciones que son tan anticuadas, que ya nadie usa. Desde aquellos tiempos acudían a los encuentros individuos que encontraban en el estadio ocasión para la reyerta. También, en los 70 y los 80, surgían tremendas batallas campales, en las que resultaban tipos descalabrados, con la boca floreada y el rostro bañado en sangre. Igual que ahora. La diferencia es que entonces, conocíamos de los desmanes hasta el día siguiente, cuando veíamos los noticieros y alguna cámara grababa el desaguisado, o cuando comprábamos el periódico. En el nuevo milenio, en cambio, existen los teléfonos móviles y las redes sociales, que convierten a cada ciudadano en un reporteador de noticias. Una sola bronca parecen diez, porque está captada desde diferentes ángulos. Y el video se reproduce por millones.

No hay que satanizar a las barras. En el libro que escribí sobre La Adicción, al entrevistar a los integrantes del grupo que hincha para Rayados, encontré que hay profesionistas, padres de familia, lumpen, de todo. Y aunque ven el futbol con pasión extrema, se concentran en el juego como una actividad lúdica, hecha para el gozo y la emoción. Ellos mismos reconocen a los barristas violentos y, según me han dicho, rápidamente los marginan, porque los meten en problemas a todos. Es erróneo suponer que el que ingresa a la barra lo hace con el propósito de golpear. Claro que hay fans agresivos y hasta sociópatas, pero su conducta no es errática por incorporarse al grupo.

Aunque la colectividad envalentona, como es sabido, la violencia se da como un fenómeno que se enciende como una chispa, que sale de un solo ser violento, y puede provocar un incendio de grandes dimensiones. Por eso, la lumbre hay que apagarla desde el cerillo.