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Dunkerque (Dunkirk, 2017) presenta un episodio de la Segunda Guerra Mundial, muy recordado por las fuerzas aliadas, en particular, por Inglaterra.

Ubicada en la costa francesa del mismo nombre, remite al operativo ocurrido en 1940, en el 400 mil soldados británicos, canadienses, franceses y belgas, fueron transportados hacia territorio inglés, después de haber sido acorralados y colocados frente al mar, por el feroz Ejército Nazi, que se expandía por Europa.

El maestro Christopher Nolan, conocido por la nueva trilogía de Batman, recuerda la gran epopeya militar y logística a través de esta enorme producción que muestra, con evidente admiración hacia Inglaterra, cómo el país entero se unió para evacuar el bastión costero, y poner a salvo a los soldados que luchaban por contener la amenaza alemana.

La producción es monumental y ruidosa, como una superproducción bíblica. En su primera cinta bélica, el director, que se ve muy cómodo filmando acción de alto octanaje y en escenarios descomunales. Lleva la acción por cielo, mar y tierra, en un viaje vertiginoso y agotador, mostrado en un esplendor mayúsculo de rodaje con película de 70 milímetros, que permite, al mismo tiempo, apreciar tomas abiertas y hasta mínimos detalles faciales.

Sin protagonista único, aunque con personajes definidos que lideran la acción por cada uno de los frentes, Nolan es, simultáneamente, didáctico y emocionante. Su explicación es muy clara sobre el propósito del rescate y la desesperada situación de los guerreros atrapados entre el enemigo y las olas. Pero a la disertación, casi académica, le añade muchos elementos de angustia, al colocar la cámara adentro de los barcos que se hunden o en la cabina del piloto que se tirotea entre las nubes.

Cada línea de acción sigue un drama y aunque no hay tiempo para profundizar en personalidades, los participantes definen con hechos su propio perfil.

Tom Hardy es el piloto que tiene combustible limitado, y que debe decidir entre quedarse a combatir un último avión que acecha un barco amigo, aunque se quede con el tanque vacío, o regresar a tierra para ponerse a salvo. Kenneth Branagh es el comandante de la operación que ve impasible como los aviones enemigos masacran a los pasajeros y soldados de los barcos de la huida.

La evacuación del puerto es la historia de una derrota. Los soldados ingleses tuvieron que retirarse. Sin embargo, aquí Nolan convierte la huida en un triunfo de la supervivencia. Los aliados, a quienes la historia considera los buenos muchachos del conflicto, son vistos como héroes porque no cayeron en manos de los opresores.

No pudo resistir, el realizador, a la tentación patriotera de celebrar el operativo y su posterior consecuencia en el futuro de la humanidad. Al final, con orgullo, afirma que si no hubieran escapado, Inglaterra seguramente hubiera sucumbido, y sin su participación en la guerra, tal vez los hechos posteriores hubieran sido diferentes.

Dunkerque es una gran aventura de tensión permanente. El espectáculo técnico es deslumbrante.