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Edson Arantes do Nascimento, Pelé, es la máxima estrella del futbol internacional en toda la historia. Eso lo sabe cualquier aficionado al balompié en el mundo.

La versión oficial reseña que aprendió a patear la pelota en un barrio pobre de Brasil. De ahí salió para jugar en el equipo Santos, de la liga local, donde hizo fama y, ya como estrella del equipo nacional, fortuna.

Pero muy pocos conocen cómo vivió de niño, las carencias que sufrió y la estrecha relación con su padre, episodios que son presentados en la cinta biográfica Pelé (Pelé, Birth of a legend 2016), un homenaje al futbolista, que recibe trato de súper héroe.

Con toques de humor, elementos surrealistas y fantasía, la película es obsecuente con el prócer, al presentarlo en un estado de pobreza idílica, en la que el muchacho vive en harapos, juega descalzo y domina, desde pequeñín, la esférica como los dioses. La pelota es confeccionada con borla y calcetines, aunque, claro, por obra de la ficción, se mueve en el aire como una vejiga inflada, perfectamente redonda.

Dirigida a niños de edad escolar, la cinta es inspiracional y con exageraciones, que acentúan el dramatismo en niveles muy aceptables para añadir culto y mito a la leyenda que es Do Nascimento, reconocido unánimemente como uno de los más grandes genios que ha dado el balompié y, también uno de los atletas mejor dotados en la época moderna.

En su discurso se enfatiza su origen humilde y su encumbramiento. Todos los niños pueden ser como él, se afirma, que a través de su talento inspiró a una nación para que resurgiera hacia la alegría, luego de un descalabro reciente en el plano del futbol, un juego que lo es todo para millones de personas.

El formato de cómic permite que la narración fluya esquematizada, como si fuera un libro de ilustraciones que va dando repasos con explicaciones visuales sencillas, y muy precisas, sobre las peripecias por las que pasa el niño entre casuchas, calles de terracería, hacinamiento y miseria generalizada.

Donde el chico está, la magia surge incontenible. Es enseñado por su padre, a dominar la pelota, ¡con mangos! Cuando eleva la pelota en la calle, puede recuperarla, sin dejarla caer ¡al otro lado de la casa! En un juego llanero, él solo mete los goles driblando, en cada uno, a todos sus oponentes, sin asistencia y ¡descalzo!

Impecable en su producción y dignamente ambientada, la película, sin embargo, es fría. Pese a que el género de los deportes es, por definición, electrizante, Pelé es un drama sin sobresaltos.

Con trabajos documentales previos, los hermanos Jeff y Michael Zimbalist, guionistas y directores, hicieron un trabajo carente de sello de autor. Es tan rígida la procesión de capítulos y tan carente de tensión, que el guión parece haber salido directamente de la oficina del mismo Edson Arantes, quien apadrinó el proyecto, con asesoría y obvia aprobación.

Su tonalidad rosa mueve a suponer que la produjo Disney para moverla en el circuito del video.

Lo peor de todo es que, en el intento evidente por complacer al futbolista, incorporan demasiados pasajes prescindibles de su vida fuera de las canchas, convirtiéndolo casi en un santo, y muestran muy poco futbol. Pasan algunas cascaritas en canchas pobres, pero, injustificablemente, hay una dolorosa ausencia de acción en la escena profesional, que es lo que más se extraña.

Es reconocido el trayecto fulgurante del brasileño en la escena futbolera. Se muestran algunas imágenes de su debut temprano con el Santos y, luego su salto al estrellato, a los 17, como el guía de la Selección nacional, que derrotó a la arrogante escuadra de Suecia, en el mundial que los Titanes europeos organizaron en 1958.

Hay muy poco de esa justa mundialista, tras la cuál El Rey Pelé se convirtió en una leyenda adolescente. Su intérprete, en la etapa juvenil, Kevin de Paula, se ve frío enfundado en el idolatrado 10.

Aunado a las escasas imágenes en el terreno de juego, está la pésima coreografía. Todo el mundo ha visto juegos de futbol y todo el mundo se da cuenta de que, aquí, los actores que participan en los partidos son, por lo menos, incompetentes. Su torpeza es evidente tratando la pelota. Sólo los dobles, que hacen gambetas y ejecutan algunas chilenas espectaculares. La música de zamba no le agrega emoción al proverbial jogo bonito del Scratch du Oro.

Es inevitable recordar Escape a la Victoria (Victory, 1981), el amable drama de guerra en el que el director John Houston incluyó, en un partido entre prisioneros aliados y alemanes, a numerosas estrellas del balompié de la época. Entre otros, estaba el brasileño que, en una edad madura, hizo jugadas fantásticas, pero perfectamente diseñadas para añadir adrenalina y goce por el popularísimo deporte.

Pelé es un intento débil por mostrar una faceta poco conocido del superastro. Tiene déficit de pasión y futbol.

Además, es difícil creer en el personaje, cuando en toda la película habla en inglés.