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En una carretera atestada de coches detenidos por el denso tráfico, se orquesta, inesperadamente, un glorioso número musical formado por decenas de conductores que descienden de la acera y saltan sobre los capotes y hacen piruetas en el pavimento. La toma es un magnífico plano secuencia que establece el tono de realismo mágico de “La La Land” (La la Land), una historia de amor apasionado en un contexto de jazz, idealismo y la lucha por alcanzar los sueños.

Damien Chazelle escribe y dirige el musical encantador, con una excepcional carga emotiva, en el que dos artistas están destinados a encontrarse y a vivir un tortuoso camino para encontrar la esquiva felicidad, en medio de sus turbulentas carreras, llenas de obstáculos para mantenerlos unidos.

El director y guionista ya había entrado a las grandes ligas con otra historia de música, Whiplash, igualmente brillante e intensa, aunque sombría en un extremo opuesto a esta.

Ahora, con La La Land se adentra en un género poco explorado, siempre riesgoso, que demanda un excelente soundtrack. Se empata, en intensidad, a afortunadas producciones como la excelsa Mouline Rouge y, más recientemente, la simpática y rápidamente olvidada, El Artista.

Emma Stone y Ryan Gosling hacen una tremenda pareja de chicos ordinarios con aspiraciones mayores. Él es un virtuoso del piano y ella una aspirante a actriz. Son el uno para el otro. Luego de un delicioso escarceo, en el que se dan tiempo de conocerse y descubrirse, se entregan el corazón. La felicidad los envuelve. Enamorados y felices, literalmente vuelan, danzan entre las estrellas, fantasean con el paraíso que han encontrado al cruzar caminos.

Su jubilosa espontaneidad es contagiosa. Viven en un entorno lleno de arte. Sus vidas son excitantes y deslumbran por el brillante porvenir que les aguarda. Chazelle crea una atmósfera teatral, en la que los muchachos, viven en medio de crepúsculos y amaneceres. Se encuentran en parajes donde la ciudad yace a sus pies.

Los sitios que frecuentan son acartonados, como un enorme set. Todo el tiempo provocan la sensación de que están en una historia que contiene otra. Pero el tono narrativo indica que ese es su mundo.

La música celestial de Justin Horwitz, el mismo de Whiplash, es una celebración a la vida. Los acordes son irresistiblemente rítmicos, aún en los momentos de mayor melancolía y toman un lugar protagónico que, por momentos, se impone a los protagonistas. El jazz es una progresión de sonidos que lo mismo mueven a la dicha que a la locura.

La realidad, sin embargo, nunca ha sido tan luminosa como la de los amantes. A veces, la vida cobra réditos muy altos por abrir las puertas del éxito.

La la land pregunta cuál es el precio de los sueños. A veces ni un corazón roto es suficiente para alcanzar la meta. La vocación absorbe y demanda toda la energía. Los enamorados deben tomar decisiones que pueden excluirlos de sus planes de vida.

Stone conmueve como la frágil dependienta de una cafetería, en la que atiende a estrellas del cine, mientras busca audicionar para papeles, con la esperanza de convertirse en una de ellas. Linda, transparente y soñadora, enfrenta sus retos temblando de miedo, en espera del respaldo de su amado. Gosling brilla como el optimista músico que realmente desea que la relación funcione, aunque su profesión demandante compromete la estabilidad en el hogar. Es complicado establecer un hogar cuando se vive en el camino.

La historia no da concesiones. La realidad, a veces cruel, les permite una nueva oportunidad aunque en formas inesperadas. Después de todo, el mundo es imperfecto, aún en un universo plagado de magia y colorido.

Lo que queda, al final, es un gran musical ubicado en la actualidad, pero con sabor antiguo, con actuaciones tremendas y una banda sonora imperdible.