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El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) presenta la exposición retrospectiva Rufino Tamayo. El éxtasis del color, la cual nos acerca a la obra más intimista del artista oaxaqueño, ligada a los sueños y a una búsqueda interior en la que desarrolla una ciencia del color y logra encontrar un lenguaje propio en el que recurre a cierta estética prehispánica, su arquitectura y escultura, y la transfigura para revitalizarla en un lenguaje contemporáneo. Permanecerá abierta al público hasta el 8 de abril del 2018.

La muestra da cuenta de la experimentación en el campo de la geometría y la abstracción por parte del pintor y reúne 54 obras, algunas provenientes de la colección del Museo de Arte Moderno (MAM), y otras más del Museo Rufino Tamayo y el Museo Nacional de Arte (MUNAL), en conjunto con piezas clave que se encuentran en colecciones particulares. Hay cuadros de pequeño y gran formato de prácticamente todas las etapas creativas del artista, entre las cuales destaca el mural transportable Homenaje a la raza india (1952) que le fue encomendado al pintor para la muestra Arte mexicano de la época prehispánica hasta nuestros días que se presentó durante 1953 en París, Estocolmo y Londres.

Por otro lado, se presenta una de las pocas caricaturas políticas realizadas por el pintor, titulada El líder (1973), un retrato de Francisco I. Madero de 1948; o el Hombre radiante de alegría (1968) que es un homenaje a la juventud; su Autorretrato (1946) que repintó en 1967; y Músicas dormidas (1950) que pintó en Nueva York.

Otras obras representativas de la muestra son: Desnudo en gris (1931); Anuncio de corsetería (1934); Frutero azul (Frutero con frutas, 1939); Retrato de Olga (1964); Dos mujeres (1981) y El Rockanrolero (1989) la última pintura realizada por Tamayo a la edad de 90 años.

Rufino Tamayo (1899-1991) vivió entregado a la pintura como una experiencia creativa íntima y transfiguradora, guiado siempre por un sentido fulgurante del color con la pasión por la arqueología prehispánica. Renunció progresivamente al retrato indígena y mestizo en beneficio de un modelo que sintetizara al máximo la silueta humana, para evocar la conexión espiritual con el cielo y la tierra. Además, afianzó en su madurez la convicción de que el lienzo es un campo de experimentación inagotable para extraer de un color todo su magnetismo y para fusionar la figura y la abstracción en la expresión evocadora de lo infinito.

Se apartó de la retórica muralista y de sus fines proselitistas. Por ello representó un modelo independiente a seguir para la joven generación de la llamada Ruptura, que lo reconoció como un precursor de sus propias batallas y experimentos con la abstracción.